LA FAMILIA TRABAJADORA
LA FAMILIA TRABAJADORA
¿sujeto de humanización y evangelización?
Ponencia de Antonio Bravo
en las XII Jornadas de Pastoral Obrera de la diócesis de Madrid
-
INTRODUCCIÓN
Mi aportación pretende ser una contribución sencilla para cambiar el interrogante del titulo dado a esta jornada y así podamos decir con verdad: “la familia trabajadora, sujeto de humanización y evangelización”. Como introducción, me permito atraer la atención sobre tres puntos, pues debe evitarse la idealización de un determinado modelo de familia.
Conviene notar, en primer lugar, que la crisis de la familia afecta a todas las capas de la sociedad. El mundo vive una profunda mutación y ésta repercute en el ámbito familiar de manera particular. En ocasiones, la crisis se presenta de forma dramática. las causas y consecuencias de esta crisis son muchas y graves, pero no es este el momento para describirlas.
En segundo lugar, la familia, inscrita en la naturaleza misma del ser humano, es una realidad cultural. Con ello se nos inidca la importancia de ver la comunidad familiar de forma dinámica, en el fluir de la historia. Es la condición para evitar actitudes nostálgicas o puritanas. Hay que aprender a navegar en el río de la historia, cuya corriente se desliza en ciertos momentos de forma tranquila y serena, pero en otros lo hace como un torrente montañoso.
Por cultura, entiendo con el Concilio Vaticano II, «todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través del tiempo, expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano» (GS 53).
Entendida en esta forma, la cultura tiene una triple función: hace posible la identidad de de la persona, ofrece criterios para enjuiciar la realidad y proporciona medios para actuar sobre ella en el correr de la historia. La cultura es como la matriz donde la persona vive y se desarrolla. Pero la persona permanece libre para asumirla y transformarla. Por otra parte, la cultura ofrece un sistema jerarquizado de valores, a partir de los cuales enjuiciamos la realidad y adoptamos las conductas de acción más adecuadas.
La familia, ya se ha comprendido, está modelada por la cultura y es un ámbito de transmisión de la cultura. Ella es el primer camino donde el ser humano adquiere su identidad, recibe los juicios de valor y el aprendizaje para andar la vida. Ella tiene siempre la posibilidad de recrear la cultura y, por lo mismo, de ser un espacio de humanización y evangelización de la persona, de la sociedad y de la propia cultura. La humanización y evangelización de la cultura es el desafío decisivo para abrir el camino de la fe a las nuevas generaciones.
En tercer lugar, la persona humana se realiza normalmente en el trabajo. Dios puso al hombre en la tierra para que la cultivase. Pero la gran cuestión de nuestros días –como lo fue en el curso de la historia– es el ‘mercado laboral’. El mercado aparece como el trueque e intercambio de cosas. En este marco, es difícil que no aparezca el espectro de la esclavitud y degradación de la persona, como lo recuerda la historia de la humanidad. En la mentalidad mercantil no hay espacio para la relación gratuita del amor, la única que dignifica a la persona. El mercado asigna a ésta el rol de productor o consumidor. La dimensión trascendente de la persona, que la constituye en un fin, se diluye. De ahí la importancia decisiva de trabajar para que la familia sea un espacio de comunión de personas. El ídolo del comercio y de la competitividad reclama víctimas. La lógica profunda de la globalización económica y cultural, tal como se está llevando a cabo por la ideología neoliberal, acentúa más y más esta mentalidad. De ahí la necesidad de recrear continuamente el espacio familiar como comunidad de amor, perdón y gratuidad.
-
EVOLUCIÓN DE LA FAMILIA EN LA HISTORIA
Entre la familia y los modos de producir se da una clara interdependencia, como lo vemos por la historia. Pero dentro de la evolución existen elementos constantes y permanentes. En el marco de esta jornada de pastoral obrera, me fijaré, ante todo, en cómo se da esta evolución a lo largo de las páginas de historia de Israel y de la propia Iglesia.
-
LA FAMILIA SEMINOMADA
Dejando de lado las primeras noticias de la humanidad, nuestro recorrido parte de Abrahán. Estamos ante la familia como el clan patriarcal. La familia vive del pastoreo y se desplaza como el embrión de un pueblo, de una posible sociedad. Todo gira en torno a los rebaños y al patriarca. De hecho, por razón de los pastos, la familia se desdobla, como sucede en el caso de Abrahán y su sobrino Lot.
La familia se constituye por alianzas y lazos de sangre. Ella tiene un sentido muy amplio. Si Abrahán muere sin hijos, será uno de los servidores quien le heredara. «Dijo Abrahán: ‘He aquí que no me has dado descendencia, y un criado de mi casa me va a heredar» (Gen 15, 3). Un siervo fue enviado por el patriarca para buscar mujer al hijo de la promesa, a Isaac.
Dentro de este contexto, la familia establece unos lazos de una profunda solidaridad de vida y destino. El patriarca ama a la esposa (o las esposas) y se perpetúa a través de los hijos nacidos de ella ( o adoptados según el derecho seminómada). La familia es amplia y los hijos aparecen como una bendición de Dios. Es el espacio de vida y de trabajo. Ella asegura la identidad y misión de las personas. Se organiza y desplaza de acuerdo con las necesidades de sus rebaños. La persona crece y se educa en la matriz familiar, sin abandonarla. La institución familiar está regulada por el derecho de la costumbre.
-
LA FAMILIA AGRARIA
Con la instalación de Israel en la tierra prometida, la familia experimentará un cambio profundo en su manera de configurarse, pues también cambiaba el modo de trabajar. Ahora se trata de cultivar la tierra. Cada tribu y familia recibe una tierra como el bien para vivir. Debe cultivarla con reconocimiento. Porque Dios es el verdadero propietario de ella, nadie puede apropiársela de forma definitiva. De ahí los años jubilares y la necesidad de regular bien el derecho de propiedad o de usufructo.
La familia se inserta en el interior de la tribu, de cuya unión brota el pueblo y, más adelante, la nación. La familia tiende a perder relevancia; sin embargo permanece todavía como la unidad laboral, cultural y religiosa por excelencia. La Pascua, el inicio siempre renovado del pueblo de Israel, se celebraba en familia. La circuncisión será el signo de pertenencia al pueblo elegido por Dios. La pertenencia a la familia y al pueblo da la identidad a la persona, pero es el trabajo el que configura al pueblo y a la familia. Israel es la viña del Señor. La familia es la unidad de la tribu y del pueblo.
La evolución no fue siempre fácil, pero la familia permanecía como el espacio de vida, amor, solidaridad, socialización, crecimiento y educación. Seguía siendo la unidad de trabajo. Poco a poco, por las propias necesidades de vivir juntos, surgirán las profesiones y los gremios artesanales, con lo que la familia experimentará nuevos cambios. Incluso la tribu de Leví, como es sabido, recibirá el encargo del servicio del Templo y, dentro de ella, aparecerán las diversas familias sacerdotales. El derecho familiar se irá configurando con el tiempo y de acuerdo con las nuevas necesidades del pueblo.
-
LA FAMILIA ARTESANAL Y RURAL
Así como en el marco de un pueblo y de una nación, Israel se fue configurando con el tiempo, la familia volvió a experimentar profundos cambios. Pero sigue coincidiendo en buena medida la familia con la unidad productiva. La familia vive y trabaja en torno a una tierra o a un oficio determinado. Ahora bien, con el incremento del comercio, los agricultores y artesanos se unen para defender el valor de su trabajo y productos. Así el espacio e influencia familiar se verán reducidos, mientras que crecerán las posibilidades de la persona autónoma. El individuo adquiere mayor protagonismo y movilidad en la escala social. El contexto geográfico, laboral, comercial y relacional se va ampliando, aun cuando siga siendo bastante reducido.
Dentro de este contexto, la familia es, ante todo, el hogar donde los hijos nacen, crecen y aprenden a trabajar, ver, juzgar y transformar la realidad. La familia es el espacio principal de la socialización, incluida la dimensión religiosa. La persona va adquiriendo un mayor relieve, si se compara con las etapas anteriores.
-
LA FAMILIA OBRERA-INDUSTRIAL
Con la industrialización, la familia experimentará cambios muy importantes. Se quiebra la unidad del trabajo y de la familia. El trabajo ya no se organiza en torno a la unidad familiar, sino que las familias deben emigrar a los centros del trabajo, las fábricas. Las relaciones en el seno de unidad familiar van a cambiar. La dinámica del trabajo influye en las relaciones familiares de modo que se desplazan los centros de socialización. Ya no se está atado a una tierra o a una profesión determinada. La movilidad laboral es importante, pues el trabajo va modelando de forma diferente la identidad y la manera de ver la realidad y de transformarla.
Al disociarse de forma progresiva la vida familiar del ámbito laboral, la persona será educada desde polos culturales diversificados: la escuela, el barrio, el trabajo y la familia. El espacio vital y cultural se ha modificado de alguna manera, aun cuando muchos sigan viviendo en el espacio rural y artesanal. La persona adquiere más autonomía y la posibilidad de franquear barreras que le limitaban, pero que también le daban la seguridad de una identidad estable. Ahora ella se ve obligada a renegociar continuamente su identidad, considerada en algunos casos como negativa. El trabajo de la mujer fuera del hogar contribuyó a poner de manifiesto serias carencias de la familia, que permanecían como camufladas, y, por otra parte, agudizó la
crisis.
-
LA FAMILIA OBRERA EN LA CULTURA URBANA
En la cultura urbana –la globalización puede considerarse como la culminación y predominio de la cultura urbana sobre la rural– la familia experimenta de nuevo una profunda transformación. El espacio e influencia de la familia sobre la persona se restringe cada vez más. Pierde, en buena parte, su rol de socialización, como le sucede a la escuela y a la Iglesia. Instancias anónimas, como los Medios de Comunicación, o grupos marginales, como movimientos, pandillas o sectas, se convierten en ámbitos de identificación, valoración y transformación de la realidad. La familia tiende a romperse, la escuela no acierta con el principio educativo, el pluralismo religioso lleva a un cierto relativismo y la sociedad, por otra parte, no acierta a dar una real mística a las nuevas generaciones, que les permitan avanzar con alegría, confianza y esperanza en el advenimiento de un mundo más humano.
La dinámica del mercado laboral influye fuertemente al desajuste y estallido que viven tantas familias. Los horarios quiebran el ritmo de una vida sosegada y armónica. La mal llamada flexibilidad y la precariedad de las condiciones laborales afectan a la estabilidad de la familia obrera. La lógica mercantil, en la que la persona es vista sólo desde el punto de vista de la producción o del consumo, también influye decisivamente en la ruptura del hogar familiar. En realidad, con alguna frecuencia, éste queda reducido a una residencia más o menos cálida, pero sin ser ese foco vivo que irradia identidad y proyección social a la persona. No consigue imprimir en el corazón esas profundas convicciones desde las que se puede ver y transformar la realidad de acuerdo con la verdad de Dios y del hombre. En estas circunstancias, las personas se debilitan en su identidad, viviendo una profunda inestabilidad y confusión en sus valores y prácticas. A familias desestructuradas, personas desestructuradas.
Esta evolución obliga a repensar lo esencial de la familia. De poco serviría soñar de forma nostálgica con el pasado. El lamento no sirve para edificar algo nuevo. La esperanza difiere del pesimismo y del optimismo ingenuo; nos lanza hacia el futuro, sabiendo esperar contra toda esperanza; esto es, permaneciendo firmes y activos en la corriente de la historia, para encauzar, de acuerdo con su verdad profunda, el sentido de una familia obrera, capaz de humanizar y evangelizar tanto a sus miembros como al resto de la sociedad. Pero antes de aportar unos elementos de respuesta a la cuestión que nos ocupa, un pequeño interludio sobre lo que entiendo por humanizar y evangelizar.
-
HUMANIZAR Y EVANGELIZAR
Entiendo por humanizar el paso de condiciones menos humanas a condiciones más humanas. Por ello será importante descubrir con cierta claridad la antropología subyacente en la ideología de nuestra sociedad plural. Pablo VI presentaba así el proceso de la humanización:
«Menos humanas: las carencias materiales de los que están privados del minimum vital y las carencias morales de los que están mutilados por el egoísmo. Menos humanas: las estructuras opresoras, que provienen del abuso del tener o del abuso del poder, de la explotación de los trabajadores o de las injusticias de las transacciones. Más humanas: el remontarse de la miseria a la posesión de lo necesario, la victoria sobre las calamidades sociales, la ampliación de los conocimientos, la adquisición de la cultura. Más humanas también: el aumento en la consideración de la dignidad de los demás, la orientación hacia el espíritu de pobreza, la cooperación en el bien común, la voluntad de paz. Más humanas todavía: el reconocimiento, por parte del hombre, de los valores supremos, y de Dios, que de ellos es la fuente y el fin. Más humanas, por fin y especialmente: la fe, don de Dios acogido por la buena voluntad de los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que nos llama a todos a participar, como hijos, en la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres» (PP 21).
La humanización no se reduce a tener más bienes o prestigio social, sino que consiste en emprender
un camino progresivo hacia la comunión con Dios y, en él, con la humanidad. La comunión es el fundamento de la solidaridad y del trabajo incansable por la verdadera justicia en el mundo. La humanización no puede separarse para nosotros de la evangelización y de la salvación.
La familia obrera humaniza, por tanto, en la medida que recuerda a todos cómo la comunión, la solidaridad y la justicia se hallan en la base de la propia familia y de una sociedad fraterna. Ella humaniza por lo que es y por la educación que da a sus miembros en la dirección indicada.
Por otra parte, la familia, si humaniza en el sentido indicado por el Papa, constituye un foco de auténtica evangelización. El propio Pablo VI la describía en estos términos:
«La evangelización es un paso complejo, con elementos variados: renovación de la humanidad, testimonio, anuncio explicito, adhesión del corazón, entrada en la comunidad, acogida de los signos, iniciativas de apostolado. Estos elementos pueden parecer contrastantes, incluso exclusivos. En realidad son complementarios y mutuamente enriquecedores. Hay que ver siempre cada uno de ellos integrado con los otros.» (EN 24)
Siguiendo la doctrina del Magisterio Pontificio, los elementos constitutivos de la evangelización son: la transformación de la realidad con la fuerza del evangelio, el cambio de la mentalidad colectiva, la conversión del corazón, al anuncio explicito de Jesucristo, pues la fe es siempre adhesión libre a su persona e integración en la comunidad eclesial. La acción evangelizadora es obra de testigos animados por el Espíritu que renueva la faz de la tierra.
La familia obrera cristiana evangeliza en la medida que propicia el encuentro de sus hijos con el acontecimiento del amor, con la persona misma de Jesús, forja en ellos una mentalidad impregnada de los valores del reino de Dios en orden a un estilo de vida y de acción en el seno de la comunidad eclesial.
La familia incultura el evangelio de la gracia, de la reconciliación y de la paz, en la medida que lo inscribe en el corazón de los hijos. La evangelización lleva consigo la transformación de la cultura, pero también la inculturación del evangelio en la cultura emergente. Así lo exige el propio misterio de la Encarnación. Pero la inculturación no se reduce a la simple adaptación exterior, ella implica una transformación interior de los valores culturales y un enraizamiento del cristianismo en lo concreto de la existencia.
La humanización y la evangelización, como se ve, son inseparables. La tarea de la familia comienza desde el primer momento de la vida. Acoger a los hijos como un verdadero don de Dios conlleva educarlos dándoles a conocer su origen y destino. ¿Cómo callar el nombre de aquel que da la vida? ¿Cómo no hacer crecer en la acción de gracias? Pero no son las muchas palabras las que dan forma a los hijos, sino una vivencia sincera de la fe, esto es, de enraizar la existencia en la palabra viva y operante de Dios tal como salió a nuestro encuentro en el Hijo hecho carne. Necesitamos educar en la verdadera sabiduría de Dios, tal como se ha revelado en la Pascua del hijo del carpintero, del obrero de Nazaret.
-
ELEMENTOS ESENCIALES DE LA FAMILIA
Para el creyente, más allá de la cultura, la familia se inscribe en el marco del plan de Dios, tal como se manifestó de forma definitiva en Jesús. Al decir esto ni se niega el valor de la familia vivida fuera del cristianismo, ni la importancia de aprender de los demás. Él no vino a abolir lo humano, sino a darle plenitud.
-
UNA COMUNIDAD DE AMOR
«El bienestar de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente ligado a la prosperidad de la comunidad conyugal y familiar» (GS 47).
En el horizonte bíblico, ‘la comunidad conyugal y familiar’ tiene su origen en Dios, pues creó el varón y la mujer a su imagen y semejanza. «Y creó Dios el hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó: macho y hembra los creó» (Gen 1, 27). Y más adelante, hecha por Dios de la costilla de Adán, la mujer se presenta con la dignidad de una compañera necesaria. «Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hace una sola cosa» (2, 24).
La comunidad conyugal es una comunión de personas. Con ello se acentúa la igualdad en el amor y la reciprocidad en la entrega mutua, de una vez para siempre, pues se hacen una sola cosa.
La entrega en el amor funda la comunidad conyugal y familiar. El contrato jurídico es útil en la medida que defiende y desarrolla las condiciones para un amor estable en el tiempo. El valor del derecho humano está en sostener y fortalecer a las personas que llevan en sí la marca de la fragilidad y de la infidelidad, como lo recuerda la historia de Dios con la humanidad. Jesús, a los judíos que mantenían y defendían la legislación mosaica autorizando el repudio de la parte más débil, les dijo: «Moisés, teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón, os permitió repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así» (Mt 19, 8).
La comunidad conyugal es reflejo de la relación de una alianza al estilo divino. «Fundada por el Creador y en posesión de sus propias leyes, la íntima comunidad conyugal de vida y amor se establece sobre la alianza de los cónyuges, es decir, sobre su consentimiento personal e irrevocable» (GS 48). En ella brilla, ante todo, la iniciativa gratuita, la promesa del don y de la fidelidad, la acogida del otro y la identificación con su causa. Si el amor crece y madura en el seno de una familia, los miembros dejan de pensar en sí mismos para ponerse al servicio de la realización en la libertad de los otros. Las estipulaciones jurídicas de la alianza del amor –no hablo de las parejas que se unen por otros motivos– adquieren así el sentido de reforzar el dinamismo del amor.
El amor que funda la comunidad familiar tiene tres notas distintivas que llevan en sí mismas una intrínseca fuerza evangelizadora, pues son el reflejo de la caridad divina. Veámoslas…
-
La gratuidad
El ‘eros’ abre se al tú y, por lo mismo, a trascenderse a sí mismo. Es como un impulso hacia el otro. Este impulso arranca con frecuencia de un sentimiento y atracción; pero está llamado a purificarse, disciplinarse y perfeccionarse, como recuerda Benedicto XVI en primer Encíclica. Un amor maduro tiende a la persona por lo que ella es en sí misma y no sólo por lo que puede aportarle. Si no encuentra alegría en hacer feliz al otro en su camino de realización, si no aprende a darse sin querer hacer al otro a su imagen, el amor sigue siendo inmaduro. Y esto es válido tanto para las relaciones de los esposos entre sí como de los hermanos. Una familia que crece en la verdadera gratuidad hacia dentro y hacia fuera humaniza y evangeliza.
Aquello que más erosiona la gratuidad es la mentalidad ‘mercantilista’ de nuestro entorno. Un pragmatismo egoísta y replegado sobre el individuo arruina tanto a la persona como a la comunidad conyugal y familiar. Cuando todo se compra y vende, hay poco espacio para valorar y vivir ‘la gratuidad oblativa’ que implica el hogar familiar en la perspectiva de la fe bíblica y de la propia historia de la humanidad.
-
El perdón
Un amor maduro se reconoce también en la capacidad de perdonar al estilo divino. Si falta esta dimensión, el amor se halla en la fase de la adolescencia. Cuando los miembros de una familia se mueven en el terreno de los derechos y de las obligaciones, la verdadera comunidad está ya arruinada. La dinámica del amor esponsal se consuma en ser una sola carne y un solo espíritu, hasta el punto que se pueda decir: lo tuyo es mío y lo mío tuyo.
El perdón en la perspectiva divina es el más alto grado
de amor, pues la persona no duda en ir en contra de su pretendida justicia para recrear los lazos de la comunidad entre iguales. Pero esto supone descubrir algo fundamental: el que ama se afirma dando al otro una nueva posibilidad para ser recreado en la libertad del amor. Esta es la fuerza de la persona madura, de quien se halla con el Dios rico en misericordia y perdón. La capacidad de perdonar es garantía de participar en la vida misma de Dios.
También aquí, si se quiere humanizar y evangelizar en el seno de la familia obrera, es preciso romper con esquemas culturales donde la persona queda reducida a un conjunto de derechos y obligaciones. La personalidad jurídica, la propia de la cultura urbana y burocrática, no entiende de amor que perdona, pues su antropología es individualista, funcional y burocrática. Para regular la buena vecindad vemos cómo se acrecientan días tras días las leyes, al faltar la relación del amor, la única que perfecciona y hace feliz a la persona. Pero la mera ley no proporciona una base sólida para la comunidad conyugal y familiar, como se ve tristemente.
-
La comunión
Dios creó al hombre, varón y mujer, en la comunión y para la comunión del amor. En realidad el hombre ‘completo’ existe sólo en la interdependencia del amor. Nadie se basta a él mismo. Para el cristianismo, la persona adquiere su plenitud en la comunión. La relación yo-tú alcanza su madurez en el ‘nosotros’. Por tanto, el principio educativo de la comunión está llamado a determinar todas las relaciones familiares.
Pero no siempre es esta la perspectiva de una sociedad basada en el principio de la competitividad, como se pone de relieve en el mercado laboral, en la economía globalizada de nuestro mundo, donde los débiles tienen muy poco que esperar. La cultura de la competitividad y de ‘la autonomía del individuo’ –que no de la persona libre– arruina el sentido del ‘nosotros’ que se halla en la base de la comunidad conyugal y familiar. Cuando la familia obrera fomenta el crecimiento de un nosotros solidario, humaniza y abre a la persona a la trascendencia, la dota de un verdadero sentido de la vida.
-
UNA COMUNIDAD DE VIDA
La comunidad conyugal, en cuanto es una comunidad de amor, se halla abierta a la vida, como atestigua la historia de la humanidad y proclama el designio divino, al hacer al hombre, varón y mujer. La comunión auténtica no es repliegue, sino apertura radical a la vida y a los otros.
En la perspectiva bíblica, los hijos son un don de Dios, expresión de su bendición, promesa y mandato. La fe reconoce en los hijos el fruto de un amor abierto hacia el futuro. Los padres se saben una mediación o instrumento del designio del Creador; y ellos aprenden a acoger la bendición divina en lo concreto de la historia.
En efecto, las condiciones vitales en las que vive la comunidad familiar influirá en la regulación del fruto del amor conyugal. No es la misma situación la de la familia seminómada y las propias de una sociedad urbana post-industrial. Pero más allá de los números, está la gran cuestión de cómo la sociedad ofrece las oportunidades necesarias a la comunidad conyugal para que pueda engendrar, con generosidad y apertura de miras, hijos y educarlos de manera digna de acuerdo con el contexto social. La familia obrera suele vivir unas condiciones bastante precarias.
También aquí ‘la cultura del consumo’ –con todas las connotaciones antropológicas que conlleva –plantea serias cuestiones y desafíos a la familia obrera. Pensemos, por ejemplo, como el espacio del hogar se ve reducido al máximo en los planes urbanísticos. La relación del precio de la vivienda con el salario, por otra parte, amenaza el desarrollo armónico de la familia. Por otra parte, el vacío de una mística social hace que cada uno se planteé tan sólo cómo disfrutar del momento presente. No se piensa ya en una felicidad compartida y duradera. En esta lógica resulta muy difícil valorar la llegada de nuevos hijos en el seno de la familia. La pastoral obrera está llamada a tomar muy en serio la situación, a luchar para que se den aquellas condiciones de trabajo y de estilo de vida donde los hijos sean acogidos con gozo, como un verdadero fruto de la bendición de Dios.
-
UNA COMUNIDAD EDUCATIVA
«La actual situación económica, socio-psicológica y civil son origen de fuertes perturbaciones para la familia» (GS 47).
Misión fundamental de la comunidad conyugal es la educación de los hijos. Y la verdadera educación consiste, a mi entender, en desarrollar la vocación a la libertad del amor. No es buena educación la que se limita a ‘integrar’ a los hijos en un sistema existente o imaginario.
La educación conlleva cultivar la planta, el hijo o hija, de acuerdo con las características que le son propias. Hay que ofrecerle una tierra apropiada, darle el agua necesaria y no pretender unos frutos diferentes a los que puede dar. La formación exige de parte de todos una gran renuncia y disciplina, la propia del amor, para no proyectarse uno mismo en los otros.
Las condiciones y caminos de la educación de personas están más allá de las técnicas y de los medios materiales, aun cuando no se pueda prescindir de ellos. Sólo el amor es capaz de respetar y acompañar el crecimiento de la persona en libertad y verdad. Necesitamos reflexionar sobre las condiciones para que la familia obrera sea realmente una comunidad educativa y qué principio debe regir la misma acción educativa. La cuestión es vital si se quiere superar la mentalidad mercantil que parece imponerse en las relaciones humanas.
-
El amor ni se compra ni se vende
También en la familia obrera existe un fuerte riesgo de querer comprar el cariño de los hijos o de los nietos. Las razones de esta tentación insidiosa pueden ser muy variadas. Las condiciones laborales de los padres hace que se pase poco tiempo con los hijos. ¿Cómo mostrarse firme con ellos si apenas se les ve durante el día, si no se disfruta de ellos? Por otra parte, la ruptura de la comunidad conyugal lleva, con excesiva frecuencia, las disputa del cariño de los hijos, incluso se trata de arrebatarlos al otro. La cuestión es delicada y funesta. Cuando un niño no se siente amado por él mismo, desarrolla, por lo general, una identidad personal débil, fragmentada y dual.
La sicología social lo sabe bien, aun cuando se trate de silenciarla. La experiencia de ser amado de forma gratuita es la condición indispensable para que el niño crezca con seguridad y pueda desarrollar con alegría la llamada a la libertad del amor, del servicio a los demás. De otra forma se desarrolla una identidad replegada sobre ella misma, como sucede con las personas que han sido excesivamente protegidas por un amor posesivo y poco disciplinado.
-
Educar la libertad responsable
La cuestión no es fácil. Para educar en la libertad responsable, ante todo es preciso prestar atención a las cualidades, potencialidades, limitaciones e inclinaciones de personalidad germinal del niño. El amor sabe intuir estas facetas. Esto supone no querer hacer a los hijos como los padres o más que ellos, sino trabajar para que la persona se desarrolle de acuerdo con sus dones. La cultura urbana ofrece, en este sentido, más posibilidades que las culturas anteriores, pues hay más espacio para la iniciativa personal. Pero esto supone no reducir la educación a dar una profesión determinada, una carrera, para mejor ganar la vida. Lo importante en la educación es forjar una personalidad capaz de decir sí y no en lo concreto de la existencia, aun cuando se pueda equivocar en un momento determinado.
Cuando la familia obrera da a la sociedad personas libres, además de hacerlas felices, le regala a la sociedad un plus de humanidad. La sociedad, antes que buenos profesionales, necesita personas libres, capaces de incidir en la cultura, de transformarla desde dentro. Entonces la familia cristiana humaniza y evangeliza, pues está evangelización la cultura e inculturando el evangelio del reino de Dios.
Si la familia obrera avanza en esta dirección, entonces quitamos el interrogante del lema de nuestra jornada. Ella evangeliza y humaniza en la medida que forma personas para la libertad del amor, del servicio solidario. San pablo insistió en que Cristo nos libertó para la libertad y que debemos mantenernos firmes en ella, sin dejarnos someter por los elementos de la cultura ambiental, aun cuando fuera religiosa. La libertad, que brota de encuentro con Cristo, obra por el amor y es la vocación última de la persona humana (cf. Gal 5, 1.6.13).
Pero, ¿qué principio educativo, sobre todo en la sociedad globalizada, puede desarrollar una educación para la libertad del amor? Hoy, el principio educativo que prevalece es el de la competitividad y del oportunismo. La persona libre es minusvalorada. Se ponen como modelos aquellos que, en el más breve espacio de tiempo, adquieren un mayor caudal de dinero, de prestigio o de poder social. Los débiles y los marginados son menospreciados, como ocurrió en otros periodos de la historia. Lo que cuenta es hacer carrera, aun cuando para ello sea necesario pasar por encima de los demás.
-
El principio educativo de la comunión
Juan Pablo II, en el programa para el nuevo milenio, escribía: «Hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano…, donde se construyen las familias y las comunidades» (NMI 43). Este principio educativo comporta educar la mirada del corazón para descubrir en el hermano (y más ampliamente en las otras personas de fuera de la familia) el rostro y la luz del misterio de la Trinidad. En la unidad de la familia es determinante compartir las alegrías y los sufrimientos, para vivir una real solidaridad. Hay que aprender a ver al hermano en todo lo que tiene de positivo y me aporta para mi propia realización personal y comunitaria. El hermano es un don para mí. Pero, además, es necesario que se aprenda a dar espacio al aporte del hermano, sabiendo que su realización posibilita la mía. Sus dones son los míos y los míos los suyos. Cuando no aprendemos a llevar mutuamente las cargas de unos y otros, cuando no rechazamos «las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias», el espectro de la rivalidad y la violencia se hacen presentes incluso en el seno de la familia.
Una familia obrera que educa de acuerdo con el principio de la comunión está humanizando y evangelizando, aun cuando no haga ruido alguno. La levadura transforma la masa de forma lenta y silenciosa, pero no por ello menos eficaz. Quien educa en la comunión hace personas solidarias y comprometidas por la justicia, la verdad y la libertad; está preparando los agentes de un verdadero cambio cultural. De esta forma desparece el interrogante y podemos afirmar: la familia obrera es sujeto de humanización y evangelización cuando educa a sus miembros de acuerdo con el principio de la comunión. Gracias.
LA FAMILIA TRABAJADORA
¿sujeto de humanización y evangelización?
1. INTRODUCCIÓN
2. EVOLUCIÓN DE LA FAMILIA EN LA HISTORIA
a. LA FAMILIA SEMINOMADA
b. LA FAMILIA AGRARIA
c. LA FAMILIA ARTESANAL Y RURAL
d. LA FAMILIA OBRERA-INDUSTRIAL
e. LA FAMILIA OBRERA EN LA CULTURA URBANA
3. HUMANIZAR Y EVANGELIZAR
4. ELEMENTOS ESENCIALES DE LA FAMILIA
a. UNA COMUNIDAD DE AMOR
i. La gratuidad
ii. El perdón
iii. La comunión
b. UNA COMUNIDAD DE VIDA
c. UNA COMUNIDAD EDUCATIVA
i. El amor ni se compra ni se vende
ii. Educar la libertad responsable
iii. El principio educativo de la comunión

Escribe un comentario