A Victoria Díez, teresiana y maestra

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VICTORIA DÍEZ, UNA MAESTRA DE PUEBLO,

DISCÍPULA Y SEGUIRA DE JESÚS DE NAZARET,

SEÑOR DE LA HISORIA

Victoria Díez. ¿Por qué la he puesto como símbolo de esta meditación sobre María, discípula-seguidora de la Palabra encarnada y testigo de la esperanza?… No acierto a formular la razón. De verdad que lo he intentado, pero…. Nada. Tal vez sea mejor así. Un símbolo no entra en el lenguaje de la racionalidad, sino en el lenguaje de lo significativo y tiene mucho que ver con los sentimientos profundos, con lo real de lo intuitivo, con la experiencia profunda que nos evoca. A Victoria no le conozco por sus escritos, no dejó libros escritos, que yo sepa. A Victoria solo le conozco con el conocimiento que nos aportan los hechos, los signos, las experiencias, su vida… Es decir, que a Victoria la conozco solamente con el conocimiento significativo, simbólico, sacramental. Cada retacito de su vida es como si dentro de mí tocase una tecla que me produce una sensación y un sentimiento que se me posa y queda anidado en la profundidad de mi interioridad. Y desde esa profundidad solo me lo puedo formular a mí mismo en el ámbito donde reposa la sacramentalidad de la vida. Ese ámbito al que es imposible acceder desde la razón y que, cuando uno intenta explicarlo, lo desintegra, lo estropea, y convierte el símbolo y sus signos en puro ritualismo. Victoria es para mí un símbolo, es decir, un verdadero testimonio que me provoca emociones, sensaciones profundamente humanas y religiosas, de fe, que me conducen a lo inefable de la vida, al misterio de la misma. Yo no había oído hablar de Victoria hasta no mucho tiempo antes de su beatificación. Su beatificación, junto a la de Pedro Poveda, la viví yo en Guadix. Había ido allí por esta razón. Quería vivir la beatificación de Poveda y de Victoria en uno de los lugares por donde Poveda también vivió enamorado y encarnado con los cueveros y donde vivió dolores, sudor y lágrimas, lo mismo que alegrías, entusiasmos, proyectos, gozos y esperanzas, pero en todo ello, confianza en el Dios de Jesucristo y en el Jesucristo de Dios. Fue en la misa de la Catedral de Guadix donde, en un momento determinado, al conectar con el Vaticano, escuché con gran respeto, alegría y emoción, por boca de Juan Pablo II, los nombres de Pedro Poveda y de Victoria Díez. A Pedro Poveda lo conocía más por sus biografías, sus escritos…. Lo había ido acogiendo como verdadero testigo como sacerdote y lo había trabajado en sus escritos para dar cursillos y Ejercicios a las Teresianas. Allí en Guadix daría después un cursillo a un grupo de la Institución Teresiana sobre el Estudio de Evangelio y allí profundicé, de una manera especial, en la importancia que para Pedro Poveda tenía la Palabra de Dios y el misterio de la Encarnación, desde donde él había concluido esa intuición tan importante del humanismo verdad. Todo ello, y en el contexto del barrio de los cueveros, me ayudó a traducir el Estudio de Evangelio Pradosiano, al Estudio de Evangelio que podrían hacer las Teresianas.

    Con motivo de la beatificación, allí en Guadix, unos días antes, las Teresianas me hablaban también de Victoria. Allí empecé a conocer un poco más a Victoria. Allí me empezó a coger Victoria muy desde dentro. Me narraban de ella retazos de su vida. Todo, como os decía, se me iba posando en esa dimensión simbólica y significativa que tenemos las personas humanas: “Victoria pertenecía a una familia sencilla….. Victoria fue una maestra de pueblo… Victoria vivió su profesión y vocación como algo unido en lo que le iba la vida… Victoria fue una buena maestra… Victoria estaba enamorada de Jesucristo… Tenía un gran amor a la gente de Hornachuelos… Victoria se había encarnado entre los pobres y compartía con ellos lo que era y su pobreza, humildad y sencillez.. Victoria no solo compartía con ese pueblo pobre y sencillo su vida, sino hasta su poco dinero…”. Y yo escuchaba y escuchaba como intentando emborracharme de una vida rica que solo los sencillos y los pobres son capaces de poseer y entregar.

    Al día siguiente de su beatificación, marchamos a Córdoba. La primera visita en la casa de las Teresianas fue a la cripta donde estaba Victoria… Mi corazón ya había sido trabajado por su testimonio y al pisar la cripta y ponerme en oración, experimenté ese silencio fecundo, que es el taller donde se fragua el signo, el símbolo, el testimonio, la experiencia de fe. Tuve la gracia de celebrar por primera vez la Eucaristía en su cripta con un grupo de Teresianas y amigos. La primera Eucaristía que se celebraba allí, una vez proclamada su beatificación y la de Pedro Poveda. En el momento de la Eucaristía, donde se hace la memoria de los santos, ya pudimos hacerla nombrando a Victoria y a Pedro Poveda… Después, las Teresianas de Córdoba me fueron introduciendo más en el misterio de Victoria al seguir narrándome retazos de su vida al tiempo que lo ilustraban con signos sencillos de pertenencias que llevaban el sello de Victoria.

    Entre otras muchos aspectos que me han cogido por dentro del testimonio de Victoria, quiero resaltar dos: 1. Victoria fue una buena maestra, y solo se puede ser una buena maestra quien se hace discípula de aquellos a los que quiere servir. Victoria se había hecho discípula de la gente de Hornachuelos. Pero, me consta, que Victoria, desde ahí, iba creciendo como discípula de la Palabra, discípula del Verbo encarnado. 2. La obsesión por trabajar por la evangelización de aquel pueblo pobre y humilde con su testimonio y su palabra. Hasta el punto de que todo eso le llevó a ser testigo de la esperanza hasta dar la vida. Sólo quien ha vivido así es capaz de morir dando ánimos a los que morían con ella y anunciándoles: “nos espera el premio”.

    A parte de la devoción a María, que no fue poca, su vida y testimonio me recuerdan mucho a la Madre. A Victoria la descubro como signo, sacramento de María. Por eso, al hacer la meditación sobre María, discípula de la Palabra encarnada y testigo de la esperanza, no se me ocurrió otro símbolo que el de Victoria Díez, maestra de pueblo, discípula de los pobres y de verdadera testigo de la esperanza, sobre todo para los pobres y “siervos” en aquel pueblo donde el anticlericalismo se hizo presente y en esta sociedad de hoy secularizada al máximo.

    Creo que, con toda justicia, puedo aplicar a Victoria, un mensaje de Pedro Poveda que lo expresó en el contexto histórico y en el ambiente que vivía también Victoria: “La maternidad espiritual en medio del mundo necesita un ejemplo de dolor, de caridad, de firmeza, de valentía que sólo la madre de Cristo puede ofrecer. El apostolado de la mujer está compendiado en los dolores de María”.

    Si a María, por ser discípula de la Palabra encarnada y testigo de la esperanza, una espada -como le anunció el anciano Simeón- le atravesaría el corazón, a Victoria, por vivir su vida al estilo de María y por intentar dar a luz a Jesucristo en el corazón de los pobres a los que había sido enviada, un bala le atravesó el cerebro y otra el estómago.

    Querida Victoria, hace unos años que escribí esto sobre ti. Lo hice más con el corazón y desde la fe, que desde la razón y con un discurso bien hilvanado. Esta tarde del 14 de julio de 2003, he buscado en mi ordenador y te he encontrado de nuevo. No me ha costado mucho. Te tenía bien localizada en varias carpetas, la última versión que he recogido hoy es del 12 de julio de 2002, orientando unos Ejercicios a un grupo de Teresianas en el Monasterio de Ntra. Sra. del Olivar, a los pies de la Madre. Hoy te he vuelto a recuperar porque recordaba que te habías convertido para mí en signo de María.

Estoy orientando unos Ejercicios Espirituales a otro grupo de Teresianas y esa ha sido la razón de volver a releer lo que eres de testimonio para mí. Desde que te empecé a conocer me produjiste algo por dentro que no termino de formular con precisión. Más, aún, cuando veo alguna foto tuya en alguna casa de la Institución, en mi casa, o cuando recibo algunos de los Escritos que me envían, siempre me provocas una bonita sonrisa interior y exterior al tiempo que me anima a seguir más de cerca a Jesucristo. Y esta tarde me ha pasado lo mismo. Según te iba recordando para compartir con estas amigas teresianas una meditación sobre María, discípula-seguidora y testigo de la esperanza, de las promesas cumplidas, he querido colocarte como signo que nos ayude a abrir dicha meditación. Y al hacerlo me he emocionado. En otro contexto me sentiría ruborizado al confesar cómo, una vez más, se me han llenado los ojos de las lágrimas de emoción según iba releyendo el escrito que expresa, aunque sea torpemente, lo que de testimonio eres para mí. En otro contexto no me hubiera atrevido, tal vez, a confesarlo, pero si es así, y esto es fruto de descubrirte “graciosa, agraciada de Dios” y un buen espejo donde poder mirarme para motivar mi seguimiento a Jesús y mi amor por María, ¿por qué no reconocerlo?. Tu vida es para mí como tierra sagrada que, por dejarte poseer por el Espíritu, fermenta la vida secular y hasta la realidad secularizada. Es verdad que tu vida me ayuda a entrar en la de Santa María. Me encanta descubrir personas como tú que hayan salido a la Madre. Eso significa que fuiste buena hija. Ayúdanos a entrar en la comprensión de María como discípula-seguidora y testigo de la esperanza. Por ahora nada más, Victoria. Hasta siempre.

Manolo Barco

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~ por manolobarco en diciembre 29, 2007.

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