LA FRATERNIDAD

LA FRATERNIDAD ES UN REGALO Y LOS HERMANOS, SACRAMENTO DE DIOS.-

 

    Normalmente, cuando hablamos y nos planteamos la fraternidad, instintivamente solemos planteárnosla como algo que debemos hacer nosotros, como una tarea y como una exigencia. Yo creo que ésto es verdad. Pero hay otra dimensión de la fraternidad que, con frecuencia, olvidamos y que, sin ella, no lograremos nunca vivir la fraternidad de manera profundamente humana y evangélica. Y es una dimensión que es previa a la anterior, no en el tiempo, pero sí a nivel ontológico y antropológico -y por supuesto a nivel teologal-. Esta disensión es la del DON. La fraternidad es un regalo que se nos ofrece. Si yo no he vivido la experiencia de que alguien se haya hecho hermano mío, yo no sabré -ni podré- ser hermano de los demás. Si no tengo la experiencia de que alguien me ha amado, yo no puedo ni sé amar. Pero esta dimensión tiene unas raíces también teologales. Escuchemos el tratado que S. Juan tiene sobre el amor en su primera carta: “En esto se manifestó el amor que dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su hijo único para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4, 9-10).

 

    Ésta es una clave fundamental de la fraternidad. Además -y como desarrollo de lo que os decía en el punto anterior- es JC. quien hace la fraternidad, nos introduce en ella y, así, empezamos a entender existencialmente qué es eso de la fraternidad. Después hemos de entender que Dios tiene mediaciones. La primera es JC y su Espíritu trabaja el corazón de los hombres nos ofrece y manifiesta la fraternidad.

 

    Pero si la fraternidad es un DON, un regalo, nos está invitando a que lo acojamos. Y ésto supone todo un trabajo y toda una actitud activa. Acoger la fraternidad de JC. y de los hermanos supone un descentramiento de nosotros mismos. Es una acogida dinámica. Es un dejarnos hacer acogiendo. Es verdad que no es nada fácil dejarse querer de verdad. No es fácil acoger en profundidad la fraternidad porque supone aceptar y acoger al otro tal y como es, que, por supuesto, es quien porta la fraternidad. Más aún, no podemos acoger la fraternidad que el otro nos brinda si no acogemos su persona. Por eso, cuando nos cerramos al otro, estamos cerrándonos a la fraternidad. Pero, mirad, estamos refiriéndonos, no tanto a hacer nosotros, sino a recibir la acción del otro.

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~ por manolobarco en septiembre 4, 2010.

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