EL ESPÍRITU DE DIOS CO-HABITA EN ENTRE LOS POBRES

EL ESPÍRITU DE DIOS CO-HABITA EN ENTRE LOS POBRES O EL ESPÍRITU COMO SIGNO DE DIOS EN LAS SOMBRAS

/ 2ª Parte

    


“Derramaré mi espíritu sobre todos: vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones. También sobre siervos y siervas derramaré mi espíritu aquel día” (Jl 3, 1-2) De esta manera el libro de Joel ofrece al pueblo la gran promesa. Una promesa que nosotros la descubrimos cumplida en el Pentecostés de después de Pascua. “Estos no están borrachos, como suponéis; no es más que media mañana. Está sucediendo lo que dijo el profeta Joel: en los últimos días –dice el Señor- derramaré mi Espíritu sobre todo hombre: profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y sobre vuestros siervos y siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán” (Hch 2, 16-18).

 

El libro de Joel, aunque solo habla del Espíritu de manera explícita en el capítulo 3, 1-2, podemos decir que todo él se sustenta en el don del Espíritu Santo y que está ligado a la promesa/cumplimiento de nueva vida. Pero esta promesa del Espíritu que aparece en el libro de Joel es una promesa hecha a un pueblo viviendo una realidad pobre, negativa y hasta incluso maldita: “Lo que dejó el saltamontes lo comió la langosta, lo que dejó la langosta lo comió la cigarrón, lo que dejó el cigarrón lo comió el langostón… convierte el viñedo en desolación, reduce las higueras a astillas; [pela, descorteza, hasta que blanquean las ramas..] en el templo del Señor cesaron la ofrenda y libación, hacen duelo los sacerdotes que sirven al Señor. Asolado el suelo, hace duelo la tierra: [el grano está podrido, el vino seco, el aceite rancio; están defraudados los labradores, se quejan los viñadores por el trigo y la cebada, pues no hay cosecha en los campos. La viña está seca, la higuera marchita, y el granado y la palmera y el manzano, los árboles silvestres están secos, y hasta el gozo de los hombres se ha secado.] Vestid de luto, sacerdotes; gemid, ministros del altar; venid a dormir en esteras, ministros de mi Dios, porque faltan en el templo de nuestro Dios ofrenda y libación… ¿No estáis viendo como falta en el templo de nuestro Dios la comida y la fiesta y la alegría? [Se han secado las semillas bajo los terrones, los silos están desolados, los graneros vacíos, porque la cosecha se ha perdido”] (Jl 1, 4-18)

 

Es una realidad dura, doliente, que se sufre… Y Joel pasa a continuación a la promesa de bendición, fruto del don de Dios y de la conversión del pueblo. La promesa es algo que se podrá disfrutar: “Quizá se arrepienta (el Señor) y vuelva, dejando a su paso bendición, ofrenda y libación para el Señor, vuestro Dios… Perdona, Señor a tu pueblo, no entregues tu heredad al oprobio, no la sometan los gentiles, no se diga entre los pueblos: ¿dónde está su Dios? El Señor tenga celos de su tierra y perdone a su pueblo. Entonces el Señor respondió a su pueblo: Yo os enviaré el trigo, el vino, el aceite a saciedad, ya no haré de vosotros el oprobio de los paganos; … No temas, suelo; alégrate, haz fiesta, porque el Señor ha hecho proezas; [no temáis fieras agrestes, que las dehesas de la estepa germinarán, los árboles darán sus frutos, la vid y la higuera darán su riqueza.] Hijos de Sión, alegraos y festejad al Señor, vuestro Dios, que os da la lluvia temprana en su sazón, la lluvia tardía como antaño y derrama para vosotros el chubasco. [Las eras se llenarán de grano, rebosarán los lagares de vino y aceite; os compensaré los años en que devoraban la langosta, el saltamontes, el cigarrón y el langostón, mi gran ejército que envié contra vosotros.] Comeréis hasta hartaros y alabaréis al Señor, vuestro Dios, que hizo prodigios por vosotros; sabréis que yo estoy en medio de Israel y mi pueblo no quedará defraudado. Yo soy el Señor, vuestro Dios, y no hay otro, y mi pueblo no quedará defraudado” (Jl 2, 14-27)

 

El Señor regala al pueblo la oportunidad de profundizar en el conocimiento de Dios, de hacer una experiencia espiritual del Dios que da vida a todo, además de rehacer el culto. Este don del Señor supera toda expectativa anterior que tenía el pueblo y el Señor Dios se hace presente como un habitante más de esta nueva vida: “Aquel día los montes manarán licor, los collados se desharán en leche, las cañadas de Judá irán llenas de agua; brotará un manantial en el templo del Señor que engrosará el Torrente de las Acacias.. Judá estará habitada siempre, Jerusalén sin interrupción.. y el Señor habitará en Sión” (Jl 4, 18-21)

 

Partiendo de una situación y realidad pobre también se pueden descubrir signos de la presencia de Dios, de la acción del Espíritu hasta llegar a alabarlo y glorificarlo. Más aún, parece que hubiera que partir de ahí necesariamente para convertir nuestra mirada y nuestro corazón y para que el don de Dios, que co-habita en nuestra tierra y nuestra historia, lo podamos descubrir, nos podamos encontrar con su novedad y acoger la promesa de salvación. Estamos llamados a partir de esta realidad precaria, humillada y empobrecida para reconocer en esos espacios y tiempos la presencia del Espíritu que quiere hacer de ellos colectivos y grupos humanos habitables, humanamente habitables, dignamente habitables. El Espíritu también nos llama a colaborar con su acción.

 

Descubrir la acción del Espíritu de Dios con una mirada profunda de apóstol, con un corazón transformado y misericordioso en medio de la precariedad, de la pobreza, de los empobrecidos, de los excluidos y vejados es al mismo tiempo gracia de Dios, don de Dios, promesa cumplida de Dios. Dios se hizo presente en Egipto, Dios se hizo presente el cautiverio del pueblo, en Babilonia. Dios se hace presente en lo que no es nada a los ojos de este mundo. Dios quiere ser descubierto y adorado en espíritu y en verdad en medio de los desheredados de este mundo para, desde ahí, posibilitar ellos sean conscientes de su presencia y que todos lo acojamos y gocemos de su promesa. Una adoración de Dios así y desde ahí es provocativa: provoca admiración, desconcierto y también burla, es verdad (“Están bebidos” Hch 2, 13), pero no deja indiferente. Jesús también provocó lo mismo: admiración, desconcierto y hasta burla: lo llamaron borracho (Mt 11, 19) y hasta lo tacharon de indeseable por habitar la realidad el pobre, la realidad negativa y hasta maldita. Pero fue ahí donde descubrió la fe del centurión, lo mucho que había amado la pecadora, el gran corazón de la viuda, la posibilidad de que unos toscos y pobres pescadores llegaran a ser sus primeros discípulos y apóstoles, la confianza de la sirofenicia y la gratitud del leproso extranjero. Y fue ahí, en esa realidad, donde él habitó para salvarla. Antes, el Espíritu de Dios había visitado a María, una mujer sencilla, pobre que habitaba en un pueblo insignificante y humillado para “cubrirla con su sombra” y así naciera de ella el Mesías de los pobres. Por eso, los que se dejan llevar del Espíritu del Señor, han de hacer como Jesús hizo y como María después cantó en el magnificat: habitar la tierra encadenada para descubrir en ella la acción del Espíritu y poder colaborar en la acción que el mismo Espíritu ya ha comenzado en el corazón de esa tierra. Solo así podemos entender que es el Espíritu quien trabaja y que a nosotros nos toca sudar.

 

Manolo Barco

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~ por manolobarco en septiembre 15, 2010.

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