6.- CARTA-HOMILIA EN LA EUCARISTÍA POR AGUSTINA, MI MADRE

Manolo Baro

CARTA HOMILÍA EN LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTIA RECORDANDO A AGUSTINA, MI MADRE

Querida Agustina: Vamos tú yo, y mis hermanos y amigos, a dar gracias a Dios esta tarde. Vamos a unirnos a la acción gracias de Jesús al Padre en la Eucaristía para agradecerle tu vida y tu muerte y por lo que Dios ha ido haciendo en nosotros poniéndote como mediación suya. Y por algunas cosas que se han desencadenado a partir de tu presencia y de las que Dios ha sacado tajada para hacer su voluntad a favor nuestro

Mira, Agustina, hoy han querido acompañarnos muchas personas para unirse a esta acción de gracias. Seguro que me dirás lo que me decías más de una vez cuando te daba recuerdos, abrazos o besos o te llevaba algún regalito que me lo habían entregado para ti: “Esto es porque te conocen y te quieren a ti”. Y lo decías con ese orgullo de madre que se alegra por su hijo. Pero, como otras veces, te tengo que decir que si todos estos amigos/as están aquí es por ti también, porque si no fuera por ti, no me habrían conocido.

En primer lugar damos gracias a Dios porque el amor que os tuvisteis mi padre –tu marido Agustín- y tu dio como fruto mi presencia y la de mis hermanos, vuestro hijos, en este mundo. Gracias al Padre Dios porque tuviste mucho que ver en que llegara a ser sacerdote; y gracias por estos últimos 5 años de tu vida que hemos tenido la suerte de vivir juntos de manera tan intensa. Dios, a través de ti, me ha hecho conocer y entrar en el corazón de ese colectivo de mujeres mayores, como tú, en la Residencia: he ido descubriendo en ellas distintos rasgos del rostro de Dios: el rasgo de un Dios abuelo o bisabuelo que tiene siempre su pensamiento y su corazón en sus hijos, nietos y biznietos (que somos todos nosotros); y en mí iba creciendo este acto de fe: “Esto es un reflejo de cómo Dios nos ama”. Al ir conociendo a esas mujeres, tus compañeras y amigas, llenas de limitaciones y de no poco dolor a veces, me he encontrado con el corazón de Dios, manifestado en Jesús, su Hijo y Siervo, capaz de acoger la limitación y el dolor por amor a nosotros, a la humanidad. Pero también me ha ayudado a conocer el corazón de un Dios abandonado que sufre cuando sus hijos no le hacemos el más mínimo caso; tú mismo me lo decías: “hay algunas mujeres que están tristes porque sus familias a penas si les vienen a ver” (aunque eran pocas). He ido entrando más en el corazón de un Dios que se alegra y salta de alegría al sentir el amor de sus hijos, de lo que son signo esas abuelitas cuando reciben la visita de sus seres queridos. Tu misma me lo decías muchas veces: “La mejor medicina que puedo tomar es cuando vienes a verme, cuando venís a estar conmigo”. Pero lo mismo que tú y tus amigas de la residencia se alegraban y se sentían con más vida (cuando humanamente la vida se os iba marchando de las manos) no solo era porque os recordaban que erais queridas, sino porque entendías y entienden que ese amor nos humaniza a nosotros, nos hace crecer y así vamos pareciéndonos más a nuestro Dios que es Amor. También he visto en ti y en las demás, que vuestra respuesta es siempre la misma: “todo lo nuestro es vuestro y te desvivías y se desviven por manifestar tu gran amor, su gran amor, aunque fuera compartiendo y regalando las pobres cosas que ya os quedan, te quedaban: una fruta, un dulce que habíais reservado del postre de la comida, una cajita trabajada en vuestras actividades manuales… Y yo siempre pensaba: estos eran y son vuestros sacramentos: pobres en lo que esos signos son en sí, pero muy grandes en lo que esos signos expresaban y expresan.

Agustina, hemos gozado mucho y hemos sufrido bastante juntos durante estos cinco años: yo he sufrido por tus achaques, cuando te veía inquieta, que sufrías, por tu poco optimismo a veces cuando te sentías mal. Y tú sufrías al verme corriendo de un lado para otro, al pensar que no descansaba lo suficiente, al verme algún día preocupado y con pocas ganas de contarte la razón, aunque siempre fuiste ahí muy respetuosa. Pero hemos gozado mucho juntos, nos hemos reído, bromeado… Yo gozaba al verte feliz, al escucharte por teléfono todos los días y descubrir que estabas bien o cuando estabas mal y yo veía la capacidad de resistencia que tenías. En el fondo tanto una cosa como la otra se me antojan que no eran ni más ni menos que llamadas, realidades, constataciones de lo que significa el cariño y el amor de una madre y de su hijo. Y en ese amor vivido en esa cotidianidad en estas dos caras de la moneda, era expresión, signo y transparencia de cómo el amor de Dios es capaz de rasgar el tedio de la vida abriéndola hacia el infinito divino.

Agustina, vamos a dar gracias también a Dios por los últimos momentos de tu vida aquí en la tierra. Vivimos 24 días muy intensos. En esos días todo tu cuerpo se convirtió en la expresión del rostro de Cristo sufriente. No porque tuvieras grandes dolores, que también alguno tuviste, sino por lo que supuso tu postración en la cama durante todos esos días de inmovilidad total e incomodidad; por los sustos que nos diste (tres sustos que parecían anunciarnos que se te iba la vida)… Y en todo ello, con lo cobardica que eras, ¡qué muestra de normalidad, de aceptación y de entrega me ofreciste! Ya me la habías dado antes cuando te caíste la primera vez y de madrugada te llevaron al hospital y me avisaron desde la residencia: ese día se me salía el corazón cuando me despertó el teléfono. Yo solo pensaba en cómo estarías pasando ese trago… Y cuando llego a urgencias te veo en la sala de curas con la doctora y con un rostro que parecía al del crucificado, y lo primero que me dices es, toda tranqula: “Hijo, cómo lo siento, te tienes que haber dado un buen susto”. Me alegró tu resistencia, tu manera de asumir ese mal rato, tu preocupación por mí, cuando eras tú la que estabas hecha un Cristo… En todo esto Dios te trabajaba a ti y me trabajaba a mí; la vida es para darla. A ti porque te estaba haciendo más entregada, con más capacidad de asumir el dolor y la limitación y en eso en ti jugaba un papel muy importante la fe. Y a mí me estaba trabajando para ir asumiendo lo mismo y para fortalecerme ente el dolor y la limitación tanto mío como el de los seres que quiero y a los que he sido enviado. Pues vamos a darle de nuevo gracias a Dios por todo esto. Uno de los días te vi un poco baja de moral y te quejabas de la mala noche de dolores que habías tenido. Se me ocurrió decirte: “Pues ponlos en las manos de Jesús y así colaboras con Él en la redención y salvación”. Y tu me contestaste sin pensarlo: “Y qué crees que he estado haciendo esta madrugada, además de rezar el rosario?”. Dios me confirmaba en la fe a través de tu respuesta. ¡Que Dios sea bendito!

Vamos a dar gracias a Dios también por todas las personas que te acompañaron en el hospital de día o de noche, por las que se interesaron por ti, por las que al enterarse nos han enviado su solidaridad y confirmado en la fe, por las que nos han acompañado y acompañan. En ellas he descubierto su entrega desinteresada. De quienes te acompañaron de día o de noche, después me hablabas de cada una y me decías lo mejor que habías encontrado en su trato contigo y siempre agradeciéndolo. Fueron verdaderos cirineos. En ti estaban acompañando a Cristo, pues cuanto te hicieron a ti, a él se lo hacían.

Damos también gracias a Dios por todos los médicos, enfermeras, auxiliares y chicas de la limpieza de la Residencia y del Hospital. Sé que les estabas muy agradecida; con sus cuidados y profesionalidad fueron también signo del mimo de Dios.

Y por último, Agustina, vamos a darle gracias a Dios por la madrugada y mañana en la el Señor te llamó. Ya durante una semana estuvimos los tres hijos tuyos acompañándote y el pequeño, aunque que no pudo venir, también estaba entre nosotros. Esa madrugada me quedé yo contigo. Los hermanos marcharon a descansar un poco. Además de estar yo, estaban también en la sala dos queridas Hermanas Vedrunas, una, recién operada y la otra velando su dolor; muy amigas mías. Antes había estado también otra buena amiga y se marchó a las 2 de la madrugada. Hacia las 4:00 tú te pusiste peor, la doctora que acudió me dijo que estabas muy mal. Rezamos los cuatro y tuvimos una sencilla celebración penitencial. Tu rezaste con toda devoción; te di la absolución y un beso que jamás lo olvidaré. El Señor te había visitado de manera muy especial, sin prisa, pero dejando hacer a la naturaleza; Él esperaba el momento hasta que tres horas más tarde, en las que se unieron tus hijos, mis hermanos, el Señor pronunció tu nombre y te llamó lo mismo que llamó a Magdalena: “María”. Y lo mismo que a ella a ti te dijo: “Agustina… ven conmigo, para que les digas a mis hermanos que voy al Padre, que es vuestro Padre…” Y tu así nos lo hiciste saber: “Manolo, queridos hijos y Hermanas, queridos amigos y amigas, he visto al Señor Resucitado”

Gracias, Señor por la vida de Agustina, mi madre; gracias por su muerte; gracias por re-crearla. Si Tú has resucitado, también nosotros resucitaremos.

“Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: “Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos …. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado.”Entonces dijo el que está sentado en el trono: “Mira que hago un mundo nuevo.” … Me dijo también: “Hecho está: yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin; al que tenga sed, yo le daré del manantial del agua de la vida gratis. Esta será la herencia del vencedor: yo seré Dios para él, y él será hijo para mí. (Ap 21, 3-7)

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Una respuesta to “6.- CARTA-HOMILIA EN LA EUCARISTÍA POR AGUSTINA, MI MADRE”

  1. Graciaa, Manolo. “providencialmente” ( me gusta más que “por casualidad”) he entrado en tu blog y he disfrutado leyendo algunas cosas. El testimonio de tu madre y lo que compartes de tu experiencia en su dolor, muerte y vida, me ha recordado la experiencia vivida con mi madre. Agradezco la fe de nuestras madres y toda la VIDA que nos dieron.Un abrazo con cariño
    Vicen

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