NUEVO BLOG: “Hacer la calle”

•febrero 17, 2011 • Dejar un comentario

*Un nuevo blog ve la luz en este mundo globalizado y en este espacio de globalización. Su nombre es: “hacer la calle”

Esta es su dirección: http://manolobarco.blogspot.com/

*Pongo otro enlace que tiene mucho que ver en concreto con esta entrada. Es un sencillo artículo de Dolores Alexandre, sobre el “Cuadeerno de vida”. seguro que te ayudará….

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“Hacer la calle”

¿Por qué este título del blog?

Hace unos años me pidieron colaborar en la Revista Catequistas, de los Salesianos y

que le pusiera un título a dicha colaboración. Después de pensarlo, y de acuerdo con el contenido que iba a verter en él, le propuse a mi amigo Ginés, director de la Revista, este título. No le pareció mal. Venía muy bien, como decía, con el contenido. “Hacer la calle” suele tener otras connotaciones, pero me parecía que también definía bien aquello que yo iba a compartir: se trataba de ayudar a leer la vida cotidiana, los hechos, los acontecimientos con una mirada profunda, desde el corazón y al corazón de los mismos; una mirada de la realidad desde el evangelio. Mirada que, lejos de prejuicios, fuera una mirada limpia en la línea de la bienaventuranza de Jesús de Nazaret: “dichosos los que tenéis un corazón limpio”. Una mirada de las cosas reales, sencillas, de todos los días; una mirada hacia tantas y tantas historias humanas con las que nos encontramos día a día y que vivimos unos y otros. Y para esto hay que estar atentos a lo que sucede alredor, hay que salir, hay que descubrir que Dios nos cita ahí, en el espesor de la vida. El misterio de la encarnación no ha dejado fuera de sí absolutamente nada que sea humano. Nuestras experiencias de fe tienen su encanto y mediación en la realidad y experiencia humana. A Dios le interesó (desde siempre) la vida, la historia de su pueblo, los acontecimientos… Dios se iba revelando en la historia y los profetas intentaban hacer eso mismo: atentos a la realidad, amasada con la oración y la revelación que Dios les había ido haciendo, descubrían revelación de Dios en la historia y para la historia. Decimos que no hay dos historias: una sagrada y otra profana, sino una sola y que es en al historia profana donde se realiza la historia de la salvación। Y con el misterio de la encarnación llega a la plenitud esa unidad entre vida y fe। No podemos divorciar la fe de la vida o la vida de la fe. El Verbo de Dios tomó carne humana, como la nuestra. El verbo de Dios asumió toda la realidad humana, y es en esta realidad donde nosotros también estamos llamados a descubrir las semillas del Reino, la presencia de la acción del Espíritu, los lugares donde se intenta bloquear su acción. Es en la vida real y concreta de las personas, de los pobres, donde estamos llamados nosotros descubrir que el Espíritu de Dios no deja de trabajar. De manera que, cuando nosotros como evangelizadores llegamos a las personas, analizamos los acontecimientos, estudiamos la historia, intentamos llevar adelante la Buena Noticia, el Espíritu ya lleva trabajando mucho tiempo esas realidades, esos corazones, esos colectivos… Y a nosotros nos toca, en primer lugar, estar muy atentos a esos signos del Espíritu para poder seguir su orientación y colaborar con Él, en vez de hacer lo que a cada uno nos venga bien o introducir “nuestro proyecto” sin contar con el de Dios.

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“La Inmaculada”

•diciembre 8, 2010 • 4 comentarios

La Inmaculada Concepción de la Virgen María

En el centro de la festividad de a Inmaculada concepción está la Trinidad: El corazón de la Trinidad se nos manifiesta de manera especial en esta fiesta.

*Es Dios quien envía al ángel y es Dios quien derrama su gracia sobre ella:

“El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María” (Lc 1, 26). “Has encontrado gracia ante Dios

*Jesús, el Hijo de Dios aparece en el centro. Él nos trae el Reino, la salvación, en él somos bendecidos con toda clase de bienes y en la persona de Cristo somos destinados a ser sus hijos: “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». María concebirá al Hijo de Dios, a quien le dará el trono de David y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, su reino no tendrá fin. Es Dios Padre “quien nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales”. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos”.

*Es el Espíritu quien realizará obra tan grande en ella. El es el protagonista:*«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible».

*La fuente de la alegría de María no está en ella, sino en Dios

“El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo»

*A nosotros, como a María, nos toca:

  • Hacer la experiencia de la sorpresa que produce el amor entrañable de la Trinidad abajándose hasta nosotros

  • Dejar que esa gracia de Dios anide en nuestro corazón

  • Tener la valentía de pronunciar “el fiat”, el sí a Dios

*Por eso, como María, estamos llamados a ser “arca de la alianza”, tabernáculo de Cristo.

Es Dios quien elige a María, joven pobre y sencilla para que acoja al Hijo que, por voluntad del Padre se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.

De ahí que, como María, seamos transparencia (in-maculados) de las entrañas del Padre, del Hijo pobre y del Espíritu, padre amoroso del pobre, desposados con el Espíritu (es decir, ser profundamente espirituales; personas que hagamos la experiencia profunda de Dios Trino en la vida normal y cotidiana acogiendo la Buena Nueva que es Jesucristo.

Así es como podremos trasparentar (sin mácula alguna) a Cristo Pobre para anunciarlo a los pobres, pues Jesús ha venido a “anunciar a los pobres un año de gracia”.

*Con la María, la madre pobre, estamos invitados a ser levadura en la masa siguiendo por los caminos del mundo a Cristo pobre en el Pesebre, en la Cruz y en el Tabernáculo.

¡Feliz Adviento!

Manolo Barco

PARA VER COMO FUNCIONA

•noviembre 20, 2010 • Dejar un comentario

Espero que esto sirva para poder editar desde aquí el blog que tengo en WordPress

No se si estoy cometiendo una equivocación.

Nada más

EL ESPÍRITU DE DIOS CO-HABITA EN ENTRE LOS POBRES

•septiembre 15, 2010 • Dejar un comentario

EL ESPÍRITU DE DIOS CO-HABITA EN ENTRE LOS POBRES O EL ESPÍRITU COMO SIGNO DE DIOS EN LAS SOMBRAS

/ 2ª Parte

    


“Derramaré mi espíritu sobre todos: vuestros hijos e hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, vuestros jóvenes verán visiones. También sobre siervos y siervas derramaré mi espíritu aquel día” (Jl 3, 1-2) De esta manera el libro de Joel ofrece al pueblo la gran promesa. Una promesa que nosotros la descubrimos cumplida en el Pentecostés de después de Pascua. “Estos no están borrachos, como suponéis; no es más que media mañana. Está sucediendo lo que dijo el profeta Joel: en los últimos días –dice el Señor- derramaré mi Espíritu sobre todo hombre: profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y sobre vuestros siervos y siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán” (Hch 2, 16-18).

 

El libro de Joel, aunque solo habla del Espíritu de manera explícita en el capítulo 3, 1-2, podemos decir que todo él se sustenta en el don del Espíritu Santo y que está ligado a la promesa/cumplimiento de nueva vida. Pero esta promesa del Espíritu que aparece en el libro de Joel es una promesa hecha a un pueblo viviendo una realidad pobre, negativa y hasta incluso maldita: “Lo que dejó el saltamontes lo comió la langosta, lo que dejó la langosta lo comió la cigarrón, lo que dejó el cigarrón lo comió el langostón… convierte el viñedo en desolación, reduce las higueras a astillas; [pela, descorteza, hasta que blanquean las ramas..] en el templo del Señor cesaron la ofrenda y libación, hacen duelo los sacerdotes que sirven al Señor. Asolado el suelo, hace duelo la tierra: [el grano está podrido, el vino seco, el aceite rancio; están defraudados los labradores, se quejan los viñadores por el trigo y la cebada, pues no hay cosecha en los campos. La viña está seca, la higuera marchita, y el granado y la palmera y el manzano, los árboles silvestres están secos, y hasta el gozo de los hombres se ha secado.] Vestid de luto, sacerdotes; gemid, ministros del altar; venid a dormir en esteras, ministros de mi Dios, porque faltan en el templo de nuestro Dios ofrenda y libación… ¿No estáis viendo como falta en el templo de nuestro Dios la comida y la fiesta y la alegría? [Se han secado las semillas bajo los terrones, los silos están desolados, los graneros vacíos, porque la cosecha se ha perdido”] (Jl 1, 4-18)

 

Es una realidad dura, doliente, que se sufre… Y Joel pasa a continuación a la promesa de bendición, fruto del don de Dios y de la conversión del pueblo. La promesa es algo que se podrá disfrutar: “Quizá se arrepienta (el Señor) y vuelva, dejando a su paso bendición, ofrenda y libación para el Señor, vuestro Dios… Perdona, Señor a tu pueblo, no entregues tu heredad al oprobio, no la sometan los gentiles, no se diga entre los pueblos: ¿dónde está su Dios? El Señor tenga celos de su tierra y perdone a su pueblo. Entonces el Señor respondió a su pueblo: Yo os enviaré el trigo, el vino, el aceite a saciedad, ya no haré de vosotros el oprobio de los paganos; … No temas, suelo; alégrate, haz fiesta, porque el Señor ha hecho proezas; [no temáis fieras agrestes, que las dehesas de la estepa germinarán, los árboles darán sus frutos, la vid y la higuera darán su riqueza.] Hijos de Sión, alegraos y festejad al Señor, vuestro Dios, que os da la lluvia temprana en su sazón, la lluvia tardía como antaño y derrama para vosotros el chubasco. [Las eras se llenarán de grano, rebosarán los lagares de vino y aceite; os compensaré los años en que devoraban la langosta, el saltamontes, el cigarrón y el langostón, mi gran ejército que envié contra vosotros.] Comeréis hasta hartaros y alabaréis al Señor, vuestro Dios, que hizo prodigios por vosotros; sabréis que yo estoy en medio de Israel y mi pueblo no quedará defraudado. Yo soy el Señor, vuestro Dios, y no hay otro, y mi pueblo no quedará defraudado” (Jl 2, 14-27)

 

El Señor regala al pueblo la oportunidad de profundizar en el conocimiento de Dios, de hacer una experiencia espiritual del Dios que da vida a todo, además de rehacer el culto. Este don del Señor supera toda expectativa anterior que tenía el pueblo y el Señor Dios se hace presente como un habitante más de esta nueva vida: “Aquel día los montes manarán licor, los collados se desharán en leche, las cañadas de Judá irán llenas de agua; brotará un manantial en el templo del Señor que engrosará el Torrente de las Acacias.. Judá estará habitada siempre, Jerusalén sin interrupción.. y el Señor habitará en Sión” (Jl 4, 18-21)

 

Partiendo de una situación y realidad pobre también se pueden descubrir signos de la presencia de Dios, de la acción del Espíritu hasta llegar a alabarlo y glorificarlo. Más aún, parece que hubiera que partir de ahí necesariamente para convertir nuestra mirada y nuestro corazón y para que el don de Dios, que co-habita en nuestra tierra y nuestra historia, lo podamos descubrir, nos podamos encontrar con su novedad y acoger la promesa de salvación. Estamos llamados a partir de esta realidad precaria, humillada y empobrecida para reconocer en esos espacios y tiempos la presencia del Espíritu que quiere hacer de ellos colectivos y grupos humanos habitables, humanamente habitables, dignamente habitables. El Espíritu también nos llama a colaborar con su acción.

 

Descubrir la acción del Espíritu de Dios con una mirada profunda de apóstol, con un corazón transformado y misericordioso en medio de la precariedad, de la pobreza, de los empobrecidos, de los excluidos y vejados es al mismo tiempo gracia de Dios, don de Dios, promesa cumplida de Dios. Dios se hizo presente en Egipto, Dios se hizo presente el cautiverio del pueblo, en Babilonia. Dios se hace presente en lo que no es nada a los ojos de este mundo. Dios quiere ser descubierto y adorado en espíritu y en verdad en medio de los desheredados de este mundo para, desde ahí, posibilitar ellos sean conscientes de su presencia y que todos lo acojamos y gocemos de su promesa. Una adoración de Dios así y desde ahí es provocativa: provoca admiración, desconcierto y también burla, es verdad (“Están bebidos” Hch 2, 13), pero no deja indiferente. Jesús también provocó lo mismo: admiración, desconcierto y hasta burla: lo llamaron borracho (Mt 11, 19) y hasta lo tacharon de indeseable por habitar la realidad el pobre, la realidad negativa y hasta maldita. Pero fue ahí donde descubrió la fe del centurión, lo mucho que había amado la pecadora, el gran corazón de la viuda, la posibilidad de que unos toscos y pobres pescadores llegaran a ser sus primeros discípulos y apóstoles, la confianza de la sirofenicia y la gratitud del leproso extranjero. Y fue ahí, en esa realidad, donde él habitó para salvarla. Antes, el Espíritu de Dios había visitado a María, una mujer sencilla, pobre que habitaba en un pueblo insignificante y humillado para “cubrirla con su sombra” y así naciera de ella el Mesías de los pobres. Por eso, los que se dejan llevar del Espíritu del Señor, han de hacer como Jesús hizo y como María después cantó en el magnificat: habitar la tierra encadenada para descubrir en ella la acción del Espíritu y poder colaborar en la acción que el mismo Espíritu ya ha comenzado en el corazón de esa tierra. Solo así podemos entender que es el Espíritu quien trabaja y que a nosotros nos toca sudar.

 

Manolo Barco

LA FRATERNIDAD

•septiembre 4, 2010 • Dejar un comentario

LA FRATERNIDAD ES UN REGALO Y LOS HERMANOS, SACRAMENTO DE DIOS.-

 

    Normalmente, cuando hablamos y nos planteamos la fraternidad, instintivamente solemos planteárnosla como algo que debemos hacer nosotros, como una tarea y como una exigencia. Yo creo que ésto es verdad. Pero hay otra dimensión de la fraternidad que, con frecuencia, olvidamos y que, sin ella, no lograremos nunca vivir la fraternidad de manera profundamente humana y evangélica. Y es una dimensión que es previa a la anterior, no en el tiempo, pero sí a nivel ontológico y antropológico -y por supuesto a nivel teologal-. Esta disensión es la del DON. La fraternidad es un regalo que se nos ofrece. Si yo no he vivido la experiencia de que alguien se haya hecho hermano mío, yo no sabré -ni podré- ser hermano de los demás. Si no tengo la experiencia de que alguien me ha amado, yo no puedo ni sé amar. Pero esta dimensión tiene unas raíces también teologales. Escuchemos el tratado que S. Juan tiene sobre el amor en su primera carta: “En esto se manifestó el amor que dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su hijo único para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Jn. 4, 9-10).

 

    Ésta es una clave fundamental de la fraternidad. Además -y como desarrollo de lo que os decía en el punto anterior- es JC. quien hace la fraternidad, nos introduce en ella y, así, empezamos a entender existencialmente qué es eso de la fraternidad. Después hemos de entender que Dios tiene mediaciones. La primera es JC y su Espíritu trabaja el corazón de los hombres nos ofrece y manifiesta la fraternidad.

 

    Pero si la fraternidad es un DON, un regalo, nos está invitando a que lo acojamos. Y ésto supone todo un trabajo y toda una actitud activa. Acoger la fraternidad de JC. y de los hermanos supone un descentramiento de nosotros mismos. Es una acogida dinámica. Es un dejarnos hacer acogiendo. Es verdad que no es nada fácil dejarse querer de verdad. No es fácil acoger en profundidad la fraternidad porque supone aceptar y acoger al otro tal y como es, que, por supuesto, es quien porta la fraternidad. Más aún, no podemos acoger la fraternidad que el otro nos brinda si no acogemos su persona. Por eso, cuando nos cerramos al otro, estamos cerrándonos a la fraternidad. Pero, mirad, estamos refiriéndonos, no tanto a hacer nosotros, sino a recibir la acción del otro.

EL ESPÍRITU EN EL MUNDO

•septiembre 4, 2010 • Dejar un comentario

EL ESPÍRITU HABITA EN LUGARES

DE SOMBRA (EN LOS POBRES)


 

“Descálzate porque la tierra que pisas es sagrada”

 

 

Me anima una convicción de fe con la que pongo comienzo esta meditación, porque es esa misma convicción la que anima y dinamiza mi vida cotidiana y con la que intento situarme todas las mañanas al darle a Dios los buenos días. Esta convicción es la siguiente: “El Espíritu Santo me apremia a compartir la vida de los pobres de la tierra, de los más empobrecidos del mundo obrero y de mi barrio y a descubrir en sus rasgos el rostro de Cristo, para poder acoger en ellos, a los que he sido enviado, el Evangelio que tengo el encargo de anunciarles”

 

Es el mismo Espíritu el que nos apremia a compartir la vida de los que sufren, de los menos capacitados, de los que tiene menos posibilidades en este mundo, de los pobres y empobrecidos, el que, antes de que nosotros lleguemos, está ya trabajando y configurando la vida y corazón de los hermanos con los rasgos del rostro de Cristo; es el mismo Espíritu quien va fecundando en ellos –aunque aún ellos no sean conscientes- la semilla de la Buena Noticia de Jesús de Nazaret. “El Espíritu Santo se anticipa visiblemente a la acción apostólica, de la misma forma que sin cesar la acompaña y dirige de diversas maneras” (AG 4)

 

“El Espíritu del Señor llena el universo” –como nos dice GS, 11-. Su acción rompe toda barrera y no hay nada, ni institución, ni ideología, ni raza, ni religión, ni limitación alguna que pueda poner puertas a la acción del Espíritu. La acción del Espíritu no está absolutamente condicionada a nuestra acción evangelizadora. Y este rasgo tan fundamental del Espíritu lo podemos afirmar aún de antes de que Cristo fuera glorificado, como nos dice el Concilio: “Sin duda, el Espíritu Santo obraba ya en el mundo antes de la glorificación de Cristo. Sin embargo, descendió sobre los discípulos en el día de Pentecostés, para permanecer con ellos eternamente (Cf. Jn., 14,16)” (AG 4)

 

Muchas son las cosas que se le arrebatan a los pobres, muchas son las cosas se le roban a los empobrecidos, hoy sigue siendo verdad, como nos dice Amós, que “venden al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias” (Am 2, 6). Pero lo que nada ni nadie le puede arrebatar es que el Espíritu habite en ellos. Lo que nada ni nadie le puede arrebatar es que el Espíritu los configure y trabaje sus corazones, dinamice sus vidas, les con-forme como un colectivo de “resistencia” ante tanto ataque como reciben, aliente su esperanza aún habiendo sido hechos presas de la tentación de la desesperanza, y que les haga seguir viviendo con sentido la vida, pese a llegar a exclamar no pocas veces “sólo sabemos sufrir”, “uno ya no sabe qué hacer ante tanta cruz”.

 

El Espíritu, como “padre amoroso del pobre”, no se nos revela en primer lugar porque la sombra, la precariedad, la opresión o la injusticia despierten en nosotros ganas de optar, de luchar, de comprometernos a favor de una vida digna para todos, a favor de la justicia y de la paz. El Espíritu, como “padre amoroso del pobre” se nos revela como tal porque realmente el Espíritu habita en los pobres, co-habita con los empobrecidos y de esta manera se comporta verdaderamente como “padre y madre los pobres”. De ahí, a nosotros, pobres o no tan pobres como aquellos a los que somos enviados, se nos invita en primer lugar a descubrir la acción de este Espíritu, y al Espíritu mismo, en la vida de los empobrecidos; y, desde ahí, a encontrarnos con ese Espíritu y, lógicamente, a descubrir de qué manera podemos continuar con la obra que Él ya ha empezado. Es decir, antes que maestros, nos colocamos como discípulos y aprendices a los pies de los pobres y empobrecidos para aprender, para descubrir en ellos el Espíritu de Dios, para acoger la buena noticia de Cristo que después hemos de anunciarles. Ellos son nuestros maestros. Así será como, en nuestro encuentro con los pobres, ellos serán reconocidos desde el principio –los ha hecho ya el Espíritu- sujetos y protagonistas. De ahí que nos dejemos enseñar por ellos para llegar nosotros a ser discípulos del Evangelio de Jesucristo, en quien somos llamados a ser apóstoles. Así evitamos el caer en la tentación, en nuestro encuentro con los pobres y empobrecidos, de situarnos nosotros siempre como maestros, como los que vamos a dar y nunca a recibir, a aprender.

 

Manolo Barco

 

(Primera parte. La segunda parte aparecerá la próxima continuará)

Estoy en pruebas de mejoramiento

•enero 23, 2009 • Dejar un comentario

Invierno

Dentro de un momento la página principal volverá a ser la que tenía puesta hace unos días.

Perdona las molestias.

Un abrazo

manolobarco