EL ESPÍRITU EN EL MUNDO

EL ESPÍRITU HABITA EN LUGARES

DE SOMBRA (EN LOS POBRES)


“Descálzate porque la tierra que pisas es sagrada”

Me anima una convicción de fe  que dinamiza mi vida cotidiana y con la que intento situarme todas las mañanas al darle a Dios los buenos días. Esta convicción es la siguiente: “El Espíritu Santo me apremia a compartir la vida de los pobres de la tierra, de los más empobrecidos del mundo obrero y de mi barrio y a descubrir en sus rasgos el rostro de Cristo, para poder acoger en ellos, a los que he sido enviado, el Evangelio que tengo el encargo de anunciarles”

Es el mismo Espíritu el que nos apremia a compartir la vida de los que sufren, de los menos capacitados, de los que tiene menos posibilidades en este mundo, de los pobres y empobrecidos, el que, antes de que nosotros lleguemos, está ya trabajando y configurando la vida y corazón de los hermanos con los rasgos del rostro de Cristo; es el mismo Espíritu quien va fecundando en ellos –aunque aún ellos no sean conscientes- la semilla de la Buena Noticia de Jesús de Nazaret. “El Espíritu Santo se anticipa visiblemente a la acción apostólica, de la misma forma que sin cesar la acompaña y dirige de diversas maneras” (AG 4)

“El Espíritu del Señor llena el universo” –como nos dice GS, 11-. Su acción rompe toda barrera y no hay nada, ni institución, ni ideología, ni raza, ni religión, ni limitación alguna que pueda poner puertas a la acción del Espíritu. La acción del Espíritu no está absolutamente condicionada a nuestra acción evangelizadora. Y este rasgo tan fundamental del Espíritu lo podemos afirmar aún de antes de que Cristo fuera glorificado, como nos dice el Concilio: “Sin duda, el Espíritu Santo obraba ya en el mundo antes de la glorificación de Cristo. Sin embargo, descendió sobre los discípulos en el día de Pentecostés, para permanecer con ellos eternamente (Cf. Jn., 14,16)” (AG 4)

Muchas son las cosas que se le arrebatan a los pobres, muchas son las cosas se le roban a los empobrecidos; hoy sigue siendo verdad, como nos dice Amós, que “venden al inocente por dinero y al pobre por un par de sandalias” (Am 2, 6). Pero lo que nada ni nadie le puede arrebatar es que el Espíritu habite en ellos. Lo que nada ni nadie le puede arrebatar es que el Espíritu los configure y trabaje sus corazones, dinamice sus vidas, los con-forme como un colectivo de “resistencia” ante tanto ataque como reciben, aliente su esperanza aún habiendo sido hechos presas de la tentación de la desesperanza; es el Espíritu quien les hace seguir viviendo con sentido la vida, pese a llegar a exclamar no pocas veces “sólo sabemos sufrir”, “uno ya no sabe qué hacer ante tanta cruz”.

El Espíritu, como “padre amoroso del pobre”, no se nos revela en primer lugar porque la sombra, la precariedad, la opresión o la injusticia despierten en nosotros ganas de optar, de luchar, de comprometernos a favor de una vida digna para todos, a favor de la justicia y de la paz. El Espíritu, como “padre amoroso del pobre” se nos revela como tal porque realmente el Espíritu habita en los pobres, co-habita con los empobrecidos y de esta manera se comporta verdaderamente como “padre y madre los pobres”. De ahí, a nosotros, pobres o no tan pobres como aquellos a los que somos enviados, se nos invita en primer lugar a descubrir la acción de este Espíritu, y al Espíritu mismo, en la vida de los empobrecidos; y, desde ahí, a encontrarnos con ese Espíritu y, lógicamente, a descubrir de qué manera podemos continuar con la obra que Él ya ha empezado. Es decir, antes que maestros, nos colocamos como discípulos y aprendices a los pies de los pobres y empobrecidos para aprender, para descubrir en ellos el Espíritu de Dios, para acoger la buena noticia de Cristo que después hemos de anunciarles. Ellos son nuestros maestros. Así será como, en nuestro encuentro con los pobres, ellos serán reconocidos en su dignidad desde el principio. El Espíritu los ha hecho ya  sujetos y protagonistas. De ahí que nos dejemos enseñar por ellos para llegar nosotros a ser discípulos del Evangelio de Jesucristo, en quien somos llamados a ser apóstoles. De esta manera evitamos el caer en la tentación, en nuestro encuentro con los pobres y empobrecidos, de situarnos nosotros siempre como maestros, como los que vamos a dar y nunca a recibir, a aprender.

Manolo Barco

(Primera parte. La segunda parte aparecerá la próxima continuará)

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