La misericordia de Dios se hace eucaristía

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LA MISERICORDIA DE DIOS DE DIOS SE HACE EUCARISTÍA

Manolo Barco 

INTRODUC.

                        Era ya el atardecer. El Galileo lo tenía todo dispuesto. Cada vez abundaban más los rumores entre los círculos cercanos al Nazareno. El no los ignoraba. El sabía que eran algo más que rumores. Un poco de inquietud se notaba en todos. Alguno de los íntimos sabía más que nadie. El cerco se lo habían ido cerrando. Sin embargo, exteriormente, todo parecía igual que otros años, que otras fiestas. Pero el Galileo sabía que había ido muy lejos en el seguimiento a la voluntad del Padre y pronto se iba a consumar aquello que el Evangelista Juan escribiría al comienzo de su Evangelio sobre el Verbo encarnado: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”[1]. Ni el Galileo, ni sus discípulos decían nada sobre esos rumores, sobre esa realidad. Los discípulos no se atrevían. Además, les costaba creérselo. Seguro que todos pensaban que, en el último momento, el Maestro se sacaría de la manga una de las suyas. Jesús sabía que aquella cena era cena de despedida.           

Por fin llegó el momento. Se sentaron todos aquellos hombres y mujeres que le habían seguido de cerca en torno a la misma mesa. En la sala de reunión se mascaba una atmósfera de confian­za, de amor y de tristeza. Aquella mesa, en torno a la cual se sentaron todos, era un símbolo que más que nunca invitaba a los comensales a participar de la misma vida y del mismo destino. Se pusieron a comer juntos. Como en toda comida judía, el pan dio ocasión para bendecir a Dios. Así nos lo narran las tradiciones: “El Señor Jesús, la noche en que iban a entregarlo, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros. Haced lo mismo en memoria mía”[2].

-LOS SIGNOS DE JESÚS EN LA ULTIMA CENA, SIGNOS DE LA MISERICORDIA DEL PADRE A LOS PEQUEÑOS.

            Algo sabemos de lo que sucedió en aquella cena. Por un lado, el IV evangelio nos habla de un gesto del Maestro: A mitad de la cena se levantó el Galileo y empezó a lavarles los pies a todos. Los discípulos se quedaron bastante extrañados. Era un gesto reservado a los esclavos. Prueba de esa extrañeza es la reacción de Pedro: “¿Tú lavarme los pies a mí?”[3].           

Otros evangelistas y Pablo nos cuentan otro gesto -o el mismo, pero de otra forma- “Tomó pan, dio gracias lo partió y se lo dio diciendo: ‘Esto es mi cuerpo  que va a ser entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío. De igual modo, después de cenar, el cáliz diciendo: ‘Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros”[4].           

Tanto, en un gesto, como en el otro, al final el Maestro les dijo: “Haced esto en memoria mía”, “Comprendéis lo que he hecho con vosotros?… Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros”[5].           

Estos dos textos, si os dais cuenta, son como la síntesis de lo que el Señor había hecho durante su vida: Se había hecho siervo y esclavo de todos. Se había puesto al servicio de todos los necesitados de este mundo. Había comido con pobres y pecadores comulgando así su situación, solidarizándose con sus más profun­das aspiraciones. Se había ido identificando con los desheredados, enfermos y marginados de este mundo, hasta el punto de llegar a ser perseguido por esa razón y porque no había hecho más que expresar que si hacía así era porque su Padre era así. Ese “padecer-con” había supuesto tener muy abierto el corazón y la mirada para acoger y expresar la misericordia entrañable del Padre hacia ellos. Durante su vida había sido el Siervo de los pobres y se había hecho migajas para que los pobres lo pudieran comer.           

Estos gestos nos están remitiendo a toda su vida, pero de manera especial a un momento muy significativo. El Galileo ha visto a la muchedumbre, como ovejas sin pastor, vejada y buscan­do. Nos dice el Evangelio que “al verles le dolían las entrañas”[7].

Y nos dicen también los evangelios que, les mandó sentar, tomó la pobreza de aquellos pobres, expresada en unos trozos de pan y unos peces, la amasó en su corazón y se la devolvió convertida en gracia, de tal manera que pudieron saciarse todos (unos cinco mil sin contar mujeres y niños)[8].

Pero al día siguiente Jesús les invitó a todos a hacer lo mismo, porque comer el cuerpo del Señor no es más que convertirnos nosotros en gracia para los demás. Jesús les invitó a compartir, lo mismo que él había compartido. Les invitó a tener entrañas de misericordia, lo mismo que él las había tenido con ellos.           

Jesús es el pan que el Padre se ha sacado del cuerpo y con sus manos lo rompe para que los hijos podamos ser alimentados. Jesús es la Misericordia  de Dios hacia sus hijos desvalidos y errantes.

-VIVIR CON ENTRAÑAS DE MISERICORDIA ES PONER LA MESA ENTRE LOS QUE SUFREN, LOS POBRES

            Al día siguiente, el Maestro fue asesinado después de un juicio apañado, entre coacciones a Pilatos, comedura de coco al pueblo y compraventas de testigos falsos.           

Los discípulos se quedaron en blanco. Sus esperanzas, truncadas; sus corazones destrozados. Solo una convicción les torturaba el corazón: El Maestro tenía razón. El camino se les desdibujó y comenzaron a separarse y a huir.           

Sin embargo el Espíritu de Jesús seguía presente, vivo e incitante. En sus corazones permanecía una pequeña llama, encendida por el Maestro a lo largo de estancia con ellos. Era su Espíritu. Pero ahora, al derrumbarse toda aspiración humana, la descubrían con más intensidad y más claridad. Era una luz de vida y amor. Nunca supieron como fue, pero el recuerdo vivo y actuante los fue reuniendo poco a poco para hacer lo mismo que El, en memorial suyo. Enseguida empezaron a poner encima de la mesa pan y copas y se invitaban a sentarse juntos. Las sobremesas largas que tenían, animadas por el miedo y la esperanza les fueron ayudando a comprender aquello que Jesús les había dicho en la última cena y en la sobremesa: “Volveré y os tomaré conmigo”. “Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí”. “El que crea en mí hará las obras que yo hago, y aún mayores”. “El Padre os dará otro Paráclito”. “No os dejaré huérfanos: Volveré a vosotros”. “Os dejo la paz”[9]. “Haced lo mismo que yo, en memorial mío”[10].

-HACER LA EUCARISTÍA ES VIVIR LA MISERICORDIA DE DIOS.

            “Haced lo mismo que yo, en memorial mío”. ¿Qué hizo Jesús? Esta era la pregunta de los discípulos. Lo que hizo Jesús fue hacer el bien, porque era bueno. Pedro así lo descubrió después de contemplar mucho la vida del Señor: “Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos”[11]. Y el evangelista Marcos dice: “Hacía el bien, bien” “¡Qué bien lo hace todo!”[12]. Entonces, hacer lo mismo que Jesús hizo consistía en ser buenos de raíz, salir al Padre: “Vosotros ser buenos como es bueno vuestro Padre celes­tial”[13]. Lo que había hecho Jesús había sido amar hasta el fina, expresar el cariño del Padre hacia los hermanos hasta arriesgar su vida para que los demás tuvieran vida y la tuvieran en abundancia. “Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo”[14]. Parece ser que esto era lo que Juan repetía siempre en las Eucaristías. Hacer como Jesús es vivir la vida con un proyecto que tiene como eje la entrega desde la raíz del mismo principio vital: “cuerpo entregado y sangre derramada”. Tener entrañas de misericordia es unirse en el amor con el hermano hasta reaccionar desde su pellejo. Es salir de sí para encontrarse con el otro en el amor.

-HACER LA EUCARISTÍA ES SERVIR A TODOS LA MISERICORDIA DE DIOS.

            ¿Qué hacia Jesús? Servir a todos. Jesús hizo el bien a todo porque los quería. El Maestro había dejado grabadas en la mesa aquellas palabras que las había hecho vida en el corazón de todos: “No he venido a ser servido, sino a servir”[15]. Lucas ha dejado recogido un incidente que se produjo entre los discípulos en el contexto de la cena y una intervención del Maestro que no tiene desperdicio de lo que es la Eucaristía y de lo que sig­nifica tener : “(Mientras cenaban) surgió (entre los discípulos) una disputa sobre cuál era de ellos debía ser considerado el más grande. Jesús les dijo: ‘Los reyes de las naciones las dominan y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros nada de eso; al contrario, el más grande de entre vosotros iguálese al más joven, y el que dirige, al que sirve. Vamos a ver, ¿quien es más grande, el que está a la mesa o el que la sirve? El que está a la mesa, ¿verdad?. Pues yo estoy en medio de vosotros como el que sirve”[16]. Ya os recordaba antes que, mientras los sinópticos nos narran la institución de la Eucaristía, Juan lo que hace es narrarnos lo que hemos llamado el lavatorio de los pies. Para Juan fue el gesto más sig­nificativo de la cena. O dicho de otra manera, es una forma distinta de narrar la cena, la institución de la Eucaristía. Y es que, el que había sido fiel, sirviendo a todos durante toda su vida, permaneció así hasta la hora de su muerte[17]. Vemos, pues, que Jesús celebró en la cena lo que había sido su vida y lo que seguiría siendo: el servir el amor del Padre en la mesa de los hermanos: “El pan que voy a dar es mi carne para que el mundo viva”[18]. También se dieron cuenta de que el que no entra en la dinámica del servicio, el que no hace de su vida un expresión de la Misericordia  radical del Padre a los hermanos, no tendría parte con él[19]. Por eso el hacer lo mismo que él, no era el repetir materialmente una y otra vez el rito y los gestos de la cena, sino el asimilar la carne entregada, viviendo entregados a los demás. Y eso, como os decía al principio, fue lo que no quisieron entender los judíos a los que les había dado de comer, pues es más fácil acudir a Cáritas a buscar comida, ropa, o dinero, que compartir lo poco, o nada, que uno tiene. Por eso Jesús los desenmascaró: “Vosotros me buscáis porque sois unos aprovechados  y solo os importa el comer vosotros. No me buscáis para aprender a compartir… Pues sabed que el Pan que yo doy es el pan que hace a quien lo come, convertirse en servicio para los demás” [20]

– VIVIR CON ENTRAÑAS DE MISERICORDIA ES COMULGAR CON EL SEÑOR

            “Quien come mi carne y bebe mi sangre sigue conmigo y yo con él”[21]. Es decir, comulgar con el Señor. Comulgar con el Señor es hacer verdad el mandamiento que ha dejado: “Que os améis unos a otros como yo os he amado[22].           

Los primeros hermanos, cuando se reunían a cenar juntos en nombre del Señor daban vueltas a todo lo que Jesús había hecho y dicho a lo largo de los años que estuvo con ellos. Amasaban en su corazón la historia del Maestro entre ellos. Se contaban aquellas historias tan maravillosas de cómo el Galileo acogía a los marginados[23], de cómo violaba la ley por amor a los necesitados, proclamando así la dignidad de la persona por encima de toda prohibición ritual[24]. Recordaban y actualizaban las comidas del Maestro con los publicanos, los pobres y las prostitutas. Revivían todas aquellas historias en las que el Señor despertaba la conciencia  de las personas para que se levantaran de su postración y se quitaran las vendas de los ojos que les había impuesto el sistema opresor[25]. Y en cada historia nueva iba creciendo la admiración por Jesús y la comunión en su vida y en su acción. Pronto, los primeros hermanos sabrían por experiencia lo que significaban aquellas historias. El Espíritu iba trabajan­do sus corazones, se los iba configurando con el del Maestro. Iba haciéndoles entrar en comunión con la vida y destino del Galileo. No podían olvidar tampoco que el Señor no se quedo inmóvil ante las estructura del mal del mundo, sino que se enfrentó a ella (al demonio, al Príncipe de este mundo..) y dio la cara ante todo aquello que impedía que la gente levantara la cabeza. Jesús había luchado hasta el final contra la injusticia la liberar a todos los poseídos por la misma[26]. Por eso descubrieron que hacer la Eucaristía era servir y colaborar en la liberación. Y servir y colaborar en la liberación era comulgar realmente con el Maestro. Era tener los mismos sentimientos que tuvo el mismo Jesús[27].

-CELEBRAR LA EUCARISTÍA, COMULGAR CON EL SEÑOR ES PRACTICAR LA MISERICORDIA DE DIOS CON LOS MÁS NECESITADOS

            Los hombres e instituciones que están en contra del designio de Dios y de la dignidad del hombre son lo que Juan llama “el mundo”. Ese mundo que  no conoció ni creyó en el Enviado. Ese mundo fue quien le asesinó al día siguiente de haber dejado Jesús aquel testamento que tanto recordaban los primeros hermanos. Hace la Eucaristía era ir contra corriente del mundo. Y es que la Misericordia de Dios no encaja en esas personas e instituciones que degradan a los hermanos. Vivir con entrañas de misericordia, vivir la Eucaristía es hace posible verdad que a “los pobres se les anuncia la Buena Noticia­[28]­. Los discípulos recordaron que, el que atiende al que esta en la cuneta de la historia abandonado y herido, está haciendo como el Señor Jesús[29]. Quien sale en defensa del desvalido, hace lo que el Galileo[30]. Que el que ayuda al más pequeño, está realizando las obras del Maestro[31]….            Jesús mandó vivir como él, hacer como él, ser fiel al proyecto del  Padre, como él. Así fue todo su cuerpo, cuerpo entregado. Esta fue la vida de Jesús y esto celebra la Cena de despedida. Así es como nace la vida eucarística de sus seguidores.           

Así es como el Señor vivió. Eso es hacer memoria del Maestro. Y cuando se hace lo que él, la misma realidad de Jesús está presente entre los suyos. Por eso,” cuando dos o tres se reúnen porque se aman, como yo los he amado, allí estoy yo en medio de ellos”[32]. Eso es vivir la Eucaristía, eso es hacer memorial. Eso es vivir con entrañas de misericordia..            

De ahí, que quien no vive con entrañas de misericordia, no celebra la Eucaristía, no es Eucaristía lo que celebra. Ya lo dijo Pablo a los Corintios, que se pensaban que celebraban la Eucaristía porque repetían minuciosamente lo que el Señor hizo en la Cena de despedida, pero no vivían lo que Jesús vivió. Hacían la cena sin amor, sin entrañas de misericordia, si compartir, sin comulgar con los hermanos, sin vivir la comunidad, abochornando a los pobres. Y Pablo les dice que eso no es la cena del Señor, sino que se están comiendo su condenación[33].            Y es que lo que el Señor mandó rememorar no fue un rito, sino todo un proyecto de vida, toda un vida hecha amor, compartir, servicio, entrañas de misericordia.. Si no se hace así, “vuestras reuniones causan más daño que provecho”[34]   


    [1] Jn. 1, 11
    [2] I Cor. 2, 23-24
    [3] Jn. 13,6
    [4] Lc.22,19-20; Cfr.Mt. 26, 26-28; Mc. 14, 17-21
    [5] Jn. 13,12-15
    [6] Lc.22,19-20; Cfr.Mt. 26, 26-28; Mc. 14, 17-21
    [7] Mt. 9,36
    [8] Jn. 6
    [9] Jn. 14
    [10] 1 Cor. 2,25
    [11] Hech. 10,38
    [12] Mc. 7,37
    [13] Mt. 5,48
    [14] Jn. 13,1
    [15] Mt. 20,28
    [16] Lc. 22,24-27
    [17] Jn. 13
    [18] Jn. 6, 51; cfr. vv. 33.71
    [19] Jn. 13,8
    [20] Cfr.Jn. 6
    [21] Jn. 6,56
    [22] Jn. 15,12
    [23] Mt. 8, 2ss
    [24] Mt. 8,5ss; 9,9-13.20-22; 5,1-20
    [25] Mt. 9,2-8
    [26] Mt. 8, 28 ss; 12, 1 ss; 20,15 ss; 26, 1-5
    [27] Fil. 2,1-5
    [28] Mt. 11,5
    [29] Lc. 10, 25-37
    [30] Mt. 7,36-50; Jn.8,2-11
    [31] Mt. 25,40
    [32] Mt. 18,20
    [33] 1 Cor. 11,18.21.22.34
    [34] 1Cor. 11,17



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Una respuesta to “La misericordia de Dios se hace eucaristía”

  1. Me ha encantado y me ha servido para profunizar y orar. Si puedes la mantienes algún día más o ya dirás donde la dejas guardada. Muchísimas gracias. Un fuerte abrazo.
    “La mirada crítica”

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