LA RESISTENCIA DE LOS DÉBILES

Ayer me encontré con mi vecicna en el ascensor. Hacía tiempo que no la veía. Es la mayor de cuatro hermanas que han estado muchos años buscando trabajo sin encontrarlo hasta llegar a la humillación de tener que pedir prestado para poder alimentarse.

Hace unos dos años las tres mayores encontraron trabajo en una de las grandes superficies comerciales y ¡todo fue cambiando! Recuerdo que, una vez que tenían trabajo, al llegar yo cerca de casa, vi a su madre que, unos metros antes que yo, se dirigía también a la puerta del edificio donde vivimos. Venía de comprar y con el carro de la compra lleno. Ella no me vió. Iba toda orgullosa tirando de dicho carro; caminaba con dignidad, con la dignidad de una familia que puede vivir de su trabajo sin tener que pasar por la humillación. ¡Cuanto tiempo hacía que yo no veía esa esa imagen dignificadora en esa familia!. Recuerdo que me alegré como si fuera yo mismo quien tiraba con gallardía del fruto del trabajo dignamente conseguido. Recuerdo que disminuí mis el ritmo de mis pasos para poder contemplar por más tiempo aquella imagene que se quedó grabada en mi corazón; me llegué a emocionar y mis labios, sin darme cuenta, escribieron en mi rostro una fraternal sonrisa.

Pues bien, al encontrarme con mi vecina en el ascensor, nos saludamos, ella me preguntó cómo estaba y yo le pregunté: “¿qué tal estáis? ¿vas a trabajar?”. Ella asintió y continuó: “salir de trabajar ayer muy tarde, pero me hacen ir hoy también, por la mañana sin que hayan pasado las horas reglamentarias de descanso, pero ¡qué le voy a hacer! Las cosas no van bien, están despidiendo a gente y … no tengo otro remdio. Pero lo importante es que tengamos trabajo”.

Yo le escuché desde lo más profundo del corazón, pues sé muy bien todo lo que pasaron cuando estaban sin trabajo. Le noté que estaba con cierta preocupació porque una de las hermanas ahora está sin empleo y mi ella sabe que los tiemepos no están como para “dejar de resistir”. Al mismo tiempo capté que se sentía orgullosa de poder ir a trabajar aúnque no había tenido el descanso suficiente. Desde que econtraron trabajo las noto más seguras de sí mismas, más maduras, conocen sus derechos, aunque no los puedan reivindicar del todo; se saben útiles a la socieda, aunque su trabajo consista con estar horas de pié despachando a los clientes los alimentos que necesitamos;  han recuperado la conciencia de su dignidad; no tienen ya por qué avergonzanse ante los demás vecinos… Llevan adelante la casa y pueden sentirse orgullosas poder llenar el carro de la compra todas semanas.

Han recuperado la conciencia de su dignidad humana. ¿habrán recuperado la conciencia de “hijas de Dios? ¿cómo seguir siendo compañero de camino hasta ayuarles a descubrir esta otra conciencia que aún les ayudaría a sentirse más plenas?

Ellas fueron para mí, durante muchos años, uno de los sacramentos convertido en grito que me hicieron tomar conciencia de la gracia de fraternidad. Ellas me ayudaron a discernir lo que significaba el compartir sin dejarme llevar por sentimentalismos. Ellas golpearon muchas veces mi conciencia y se me presentaron como sacramento de algunos rasgos del rostro de Dios (algo que, gracias a Dios, aún lo siguensiendo).

Ellas ya supieron resistir a la miseria cuando empezaron a buscar trabajo sin encontrarlo durante tantos y tantos años; ellas sigue resistiendo al posible golpe de la miseria en el futuro; ellas resistieron a encerrarse en casa desesperadas, gastantddo dia a dia las zapatillas recorriendo una y mill empresas buscando trabajo, ellas siguen resistiendo a la miseria aunque tengan que seguir aprendiendo a crecer en dignidad, aunque no siempre sean tratadas con dignidad por la empresa.

Y todo ello en un contexto en el que casi cinco millones de personas están en el paro laboral. Detrás de cada cifra hay una criatura humana que cada dia se ensancha su corazón al contener tanto sufrimiento.

Ellas, Señor, fueron algunas de esas niñas, niños y jóvenes con quienes fui de campamento todos los veranos y con quienes estuve echándoles una mano en los grupos a los que pertenecían en la parrooquia.

Ellas pertenecen, Señor, a ese colectivo de pobres, amplio y cada vez más amplio, al que le tocan en todas las crisis a permanecer y padecer las consecuenccias de la misma que han generado otros.

Hoy,, una vez más, mi vecina me ha hecho exclamar con el corazón y con mis labios “¡qué resistencia tienen los débiles”. Y tambien: “bienaventurados los pobres porque el Cristo Pobres es su Rey.

Dedicado a mis vecinas, aunque ellas tal vez nunca lo lean.

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Una respuesta to “LA RESISTENCIA DE LOS DÉBILES”

  1. Pero yo si lo lei, es hermoso, ciertamente muchas veces me he preguntado, ahora que la vida no es tan benigna conmigo como le hacen los pobres para resistir o sobrevivir, o es solo retorica.

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